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jueves, 19 de enero de 2017

Domingo III Ordinario 22 de Enero del 2017

Luego del arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se dirigió a Galilea». Mas no retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que «se estableció en Cafarnaúm». Cafarnaúm era una ciudad floreciente ubicada en la ribera noroeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado Cefas (Pedro) por el Señor, y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.
En Cafarnaúm el Señor estableció su “centro de operaciones”. Pedro lo hospedaba en su casa, y allí acudía mucha gente para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y para ser curados (ver Mc 1,29.32ss). Desde allí iba y venía recorriendo «toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo».
Con el inicio de su predicación y ministerio público en Galilea el Señor Jesús da cumplimiento a una antigua profecía: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». La primera lectura es continuación de este pasaje tomado del profeta Isaías, citado por el Evangelista.
Zabulón y Neftalí eran dos de las doce tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una región ubicada al norte de la Palestina, calificada en los tiempos de Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los pueblos extranjeros y a sus habitantes. Ya que no adoraban al Dios verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Al territorio de Galilea se le llamaba tierra de gentiles puesto que muchos inmigrantes paganos habitaban allí, mezclados con la población judía.
En cuanto al relato de la predicación inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su primera exhortación es un llamado a la conversión: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos». El mensaje del Señor busca en primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios, fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder para restituir la comunión entre Dios y los hombres, para restituir la vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión.
Su misión se asemeja a la pesca: se trata de arrancar a los seres humanos de las profundidades del mar, que para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El Señor ha venido a devolver al ser humano a su hábitat natural, a restituir su condición humana y a elevarlo a la participación de la vida divina. Dios, en Jesucristo, sale al encuentro de su criatura humana. Pero no basta el Don de la Reconciliación: también es necesaria su acogida, la respuesta que se verifica en la conversión del hombre, en su decisión de volver a Dios, en el compromiso decidido por abandonar el mal para caminar a la luz del Señor.
El Señor Jesús dio comienzo a la predicación de la Buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque está cerca el Reino de los Cielos». Este Reino «brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo... Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra... Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).
Luego de este llamado a la conversión que el Señor hace a todos encontramos en el relato evangélico la narración de un llamado muy particular que el Pescador de hombres por excelencia dirige a algunos: «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres». A Simón, a Andrés, a Santiago y a Juan los invita a dejarlo todo y seguirlo de cerca, con la promesa de hacer de ellos pescadores de hombres.
La respuesta de aquellos cuatro hombres es impactante: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron... Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Responden al llamado con prontitud, con radicalidad, sin aferrarse ni a su trabajo, ni a sus proyectos personales, ni a los profundos y fuertes lazos familiares.
Queda manifiesto que desde el inicio de su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el Señor «a anunciar el Evangelio» (2ª. lectura). De esta manera la Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen gentium, 5).

“Entonces comenzó Jesús a predicar”

LA PALABRA DE DIOS
Is 9,1-14: “El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”
En otro tiempo el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban tierra de sombras, una luz les brilló. Hiciste grande la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín. Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del opresor que los hería.

Sal 26,1-4,13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.



1Cor 1,10-13.17: “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio”
Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y no haya divisiones entre ustedes. Vivan en armonía con un mismo pensar y sentir.
Hermanos, me he enterado por los de la familia de Cloe que hay discordias entre ustedes. Y por eso les hablo así, porque andan divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo», «yo soy de Apolo», «yo soy de Pedro», «yo soy de Cristo».
¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por uste­des? ¿Han sido bautizados en nombre de Apolo?
Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evan­gelio, y no con sabios discursos, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Mt 4,12-23: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino”
Al enterarse Jesús que habían encarcelado a Juan, se dirigió a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
— «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Caminando a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando la red, pues eran pescadores. Les dijo:
— «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca reparando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo.

Saludo Fraterno de Paz y Bien

domingo, 15 de enero de 2017

Evangelio del Domingo II Ordinario

                                          LA PALABRA DE DIOS

Is 49,5-6:
“Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación”
El Señor me dijo:
— «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me gloriaré».
Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel —tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza—:
— «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra».

Sal 39,2-10: 
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
Yo esperaba con ansia al Señor;
Él se inclinó y escuchó mi grito;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy».
Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad».
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.


1Cor 1,1-3:
 “Gracia y paz a ustedes de parte de Dios”
Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús y llamados a formar su pueblo santo, junto a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.
Gracia y paz a ustedes de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Jn 1,29-34:
“Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios”
En aquel tiempo, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó:
— «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: “Detrás de mí viene uno que es su­perior a mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que el pueblo de Israel lo conozca».
Y Juan dio testimonio diciendo:
— «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre Él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que Él es el Hijo de Dios».


En el Antiguo Testamento es frecuente designar al pueblo de Israel como “siervo de Dios” y a sus miembros como “siervos de Dios”. Israel ha sido liberado por Dios de la servidumbre y esclavitud y ha sido invitado a servirlo libremente: «si no os parece bien servir a Dios, elegid hoy a quién habéis de servir, o a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora» (Jos 24,15). De este modo increpa Josué a los israelitas una vez que entran finalmente en la tierra prometida, luego de haber sido liberados de la esclavitud de Egipto y marchar cuarenta años por el desierto. Hacerse siervo de Dios implicaba ser fiel a la Alianza sellada por Dios con Israel, ser fiel a la Ley dada por Dios a Moisés, aceptar libre y amorosamente su divino Plan.
El profeta Isaías (1ª. lectura) se reconoce a sí mismo como siervo de Dios. Ésa es su identidad más profunda, una realidad grabada por Dios en lo más profundo de su ser en el momento mismo de su concepción: «desde el vientre me formó siervo suyo». Identidad y vocación (del latín “vocare”, que se traduce como “llamado”) van de la mano. El haber sido hecho por Dios para ser su siervo implica un llamado por parte de Dios para cumplir una misión. El elegido es libre de aceptar o rechazar ese llamado, para bien de muchos o para perdición del pueblo. Ese llamado Isaías lo aceptó con docilidad y generosidad: «Percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra”? Dije: “Heme aquí: envíame”» (Is 6,8). De la aceptación y fiel cumplimiento de su misión depende la reconciliación del Israel con Dios. Más aún, de la fidelidad a su vocación —que no es otra cosa que la fidelidad a su propia y más profunda identidad— y a su misión depende también que la salvación de Dios «alcance hasta el último extremo de la tierra».
En este importante pasaje aparece clara una teología de la vocación: cada cual nace con una vocación, sellada por Dios en lo más profundo de su ser. Esta vocación, este “estar hecho por Dios para algo”, implica una misión y tarea que cumplir en el mundo. Su aceptación trae la realización humana al llamado y la salvación para todos lo que dependen de su fiel respuesta al Plan de Dios. En cambio, la rebeldía y rechazo de la propia vocación y misión dada por Dios traen al llamado un profundo desgarro interior, falta de paz, sufrimiento, así como un vacío que nadie podrá llenar en el mundo.
Además del llamado particular que Dios hace a cada uno, existe un llamado universal: todo ser humano es el llamado a ser santo (2ª. lectura). La santidad es realizar en sí mismo el amoroso proyecto divino que es cada cual. Dios crea al ser humano en vistas a su propia realización, que se da en la participación de su comunión divina de amor. Mas cada cual debe responder desde su libertad si acepta o no esta invitación de Dios, si confía en Él o prefiere confiar en ídolos vacíos, si lo sirve a Él y su amoroso Plan de Reconciliación o si prefiere servir a los ídolos del poder, del placer y del tener. Estos ídolos, aunque prometen la felicidad al ser humano, no hacen sino llevarlo al fracaso existencial, a la propia destrucción. La santidad es respuesta afirmativa a Dios y a su amor, es un “sí” dado por la criatura al Creador, pero también y ante todo es un don recibido por Cristo: quienes están llamados a ser santos han sido también «santificados en Cristo Jesús». Es a ese don al que cada cristiano deberá responder desde la propia libertad rectamente ejercida.
También el Señor Jesús tiene una vocación y misión que cumplir en el mundo. Él está llamado a realizar plenamente aquello que Dios revela a Isaías: «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra». Él, el Hijo del Padre, es el Siervo de Dios por excelencia que proclama con toda su vida y su ser: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad» (Salmo), para cumplir tu Plan, para llevar a cumplimiento tus amorosos designios reconciliadores.
Juan el Bautista da testimonio de Jesús y lo presenta ante el pueblo de Israel como Aquel que es el Cordero de Dios que ha venido a quitar el pecado del mundo. Juan revela de este modo Su identidad y misión. Al señalar al Señor Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo trae a la memoria aquel macho cabrío que luego de ser “cargado” con los pecados de Israel debía ser enviado a morir al desierto, expiando de ese modo los pecados del pueblo (ver Lev 16,21-22). También hace referencia a los corderos que eran continuamente ofrecidos como expiación por los pecados cometidos por los israelitas contra la Ley de Dios (ver Lev 4,27ss).
Por otro lado es interesante notar que la palabra hebrea usada para designar a un cordero puede significar también “siervo”. El Cordero de Dios es también el Siervo de Dios por excelencia, y justamente en la medida en que como Siervo responde a su vocación y cumple amorosamente con la misión confiada por su Padre llega a ser el Cordero que se inmola a sí mismo en el Altar de la Cruz para quitar el pecado del mundo, para reconciliar a la humanidad entera con Dios (ver 2Cor 5,19). De este modo la salvación de Dios alcanza «hasta el último extremo de la tierra», a los hombres y mujeres de todos los pueblos y tiempos.

Saludo Franciscano de Paz y Bien