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sábado, 17 de junio de 2017

DOMINGO DE SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI,

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

 

18 de Junio del 2017

“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”

 

LA PALABRA DE DIOS

Dt 8,2-3.14-16: “Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres”

Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho reco­rrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus mandamientos o no.

Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.

No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes venenosas y alacranes, que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

Salmo Responsorial 147,12-15.19-20: 

“Glorifica al Señor, Jerusalén”

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

1Carta a los Corintios  10,16-17: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”

Hermanos:

El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.

Evangelio de Nuestro Señor Según San Juan  6,51-59: 

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

— «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Los judíos se pusieron a discutir entre sí:

— «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

— «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no es como el maná que comieron sus padres y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre».

APUNTES

En la sinagoga de Cafarnaúm el Señor Jesús hace una afirmación tremenda: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Por el contexto sabemos que hacía referencia clara y directa al maná con que Dios alimentó a su pueblo por el desierto en su camino a la tierra prometida. Es lo que leemos en la primera lectura. Moisés invita al pueblo de Israel a recordar cómo Dios había conducido a su pueblo por el desierto de la purificación, proveyéndole siempre del agua y del alimento necesario para su subsistencia. En aquel periodo hizo “llover pan del cielo” para mostrarle a su pueblo que «no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt8,3).

Aquel pan no era sino una prefiguración de otro pan que Dios daría a todo aquel que quisiese alcanzar la vida eterna. El Señor Jesús anuncia que Él es ese nuevo «pan que ha bajado del cielo» (Jn 6,58) y junto con la similitud establece también una diferencia sustancial entre uno y otro pan enviado por Dios. A diferencia del maná, un alimento inerte que servía para sostener en la vida física a quienes comían de él, el Señor afirma que Él es el pan vivo o pan viviente, un pan que en sí mismo es vida. Ya en otras circunstancias el Señor afirma que Él mismo es la vida (ver Jn 14,6). Trasformándose en pan para ser comido por el hombre llega a ser pan que da vida a todo aquel que lo coma: «El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57).

Es claro que no se refiere el Señor a que no morirán en la vida presente quienes coman de este pan. La vida a la que se refiere el Señor es la vida eterna, la vida resucitada que Él garantiza a todo aquél que en el peregrinar de esta vida permanece en comunión con Él al comer su carne y beber su sangre: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Quien rechaza comer su carne y beber su sangre, se priva a sí mismo de esta vida que Él ofrece, vida que sólo Dios puede dar al ser humano, vida que se prolongará por toda la eternidad en la plenitud de la felicidad: «si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes».

La afirmación del Señor causó estupor entre quienes lo oían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» ¿Comer carne humana? ¿Comer la carne de Cristo? ¿Cómo es esto posible? ¿No había que entender de modo figurativo aquellas palabras? ¿Pero cómo?

Sin embargo, ni los desconcertados discípulos ni los demás estupefactos oyentes escuchan una explicación o mitigación de tal afirmación. Al contrario, el Señor reafirma vigorosamente sus palabras, dando a entender que deben ser comprendidas de manera literal: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

 En su respuesta el Señor añade ya no sólo la necesidad de comer su carne sino también de beber su sangre, haciendo más difícil aún para los judíos aceptar las palabras del Maestro. En efecto, para los judíos la sangre contenía la vida que sólo pertenece a Dios, y por lo mismo tenían prohibido beber cualquier sangre. El desconcierto ante las primeras palabras, que hasta ese momento acaso podían tener una interpretación simbólica, dan pie a la repugnancia total que muchos de sus discípulos y seguidores incluso experimentaron ante la dureza de tales afirmaciones: «desde entonces… se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn6,66).

Así pues, no puede entenderse que se trate de una comida puramente espiritual, en que las expresiones «comer la carne» de Cristo y «beber su sangre», tendrían un sentido metafórico. No. Sus palabras quieren decir lo que dicen. El pan que Él dará es en verdad su carne, la bebida que Él dará es en verdad su sangre, porque «mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Él no estaba dispuesto a cambiar o matizar ninguna de sus afirmaciones. Quien quería seguir siendo su discípulo debía aceptar sus palabras por más duras que fueran. Es por ello que a sus mismos apóstoles les pregunta: «¿También ustedes quieren marcharse?» (Jn 6,67).

Es importante tener en cuenta que la expresión “cuerpo y sangre” es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona humana. Por tanto, al decir que dará de comer su cuerpo y de beber su sangre, el Señor Jesús afirma que no es “simplemente” un pedazo de carne o un poco de sangre lo que dará, sino que se dará Él mismo, íntegramente, en toda su Persona.

Sólo la noche de la Última Cena los discípulos comprenderían que la literalidad de la afirmación del Señor no consistía en que se cortaría en pedazos para darles de comer su carne o se cortaría las venas para darles de beber su sangre, sino que eran un anuncio del gran milagro de la Eucaristía. La Eucaristía es una actualización incruenta del sacrificio cruento del Señor en la Cruz, Altar en el que Él realmente ofreció su cuerpo y derramó su sangre «para la vida del mundo», para reconciliar a los hombres con Dios.

Esa carne y sangre ofrecidas en el Altar de la Cruz se convierten en verdadera comida y bebida cada vez que un sacerdote, haciendo memoria de la Última Cena y en representación de Cristo, realiza lo que Él mismo realizó aquella memorable noche: «Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados”» (Mt 26,26-28).

La Eucaristía es precisamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Cristo verdadera y realmente presente, todo Él, bajo el velo y la apariencia del pan y del vino. Una vez consagrados el pan y el vino, se han transformado substancialmente en Cuerpo y Sangre de Cristo. Esta es la comida y la bebida que transforma la vida del hombre y le abre el horizonte de la participación en la vida eterna. Al comulgar el Pan eucarístico el creyente come verdaderamente el Cuerpo y bebe la Sangre de Cristo, es decir, recibe a Cristo mismo y entra en comunión con Él. De ese modo Cristo, muerto y resucitado, es para el creyente Pan de Vida.

La Eucaristía, en cuanto que une íntimamente a Cristo por la recepción de su Cuerpo y Sangre, ha sido siempre considerada en la tradición de la Iglesia como sacramento por excelencia de la unidad entre los creyentes: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan» (2ª. lectura). Quien come de este Pan, se hace uno con Cristo y en Él con todos aquellos que participan de este mismo Pan.

Fraterno abrazo de Paz y Bien.

jueves, 1 de junio de 2017

Domingo 4 de Junio - Solemnidad de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés

Hechos 2,1-11.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. 
De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. 
Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. 
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. 
Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. 
Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. 
Con gran admiración y estupor decían: "¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? 
¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? 
Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, 
en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, 
judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios". 

Salmo  Responsorial 104(103),1ab.24ac.29bc-30.31.34.

¡Bendice al Señor, alma mía:
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
¡Qué variadas son tus obras, Señor!
la tierra está llena de tus criaturas!

Si les quitas el aliento,
expiran y vuelven al polvo.
Si envías tu aliento, son creados, 
y renuevas la superficie de la tierra.

¡Gloria al Señor para siempre, 
alégrese el Señor por sus obras!
que mi canto le sea agradable, 
y yo me alegraré en el Señor. 

Primera Carta a los Corintios de Roma 12,3b-7.12-13.

Hermanos: 
Nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.
Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu.
Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. 
Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. 
En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. 
Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. 
Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo  Espíritu. 

Evangelio de Nuestro Señor Según San Juan 20,19-23.

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". 
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. 
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". 
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. 
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". 

Oración para obtener los siete dones del Espíritu Santo
El árbol de la vida, 49 (rev.)
Rogamos, pues, al clementísimo Padre por medio de ti, su Unigénito, hecho hombre por nuestro amor, crucificado y glorificado, que de sus tesoros envíe sobre nosotros el Espíritu de la gracia septiforme, el cual descansó en ti en toda su plenitud. El espíritu de Sabiduría para que gustemos el fruto del árbol de la vida que eres Tú y los sabores que recrean la vida. El don del Entendimiento con que sean esclarecidos los ojos de nuestra mente. El don del Consejo para caminar, siguiendo tus pisadas, por las sendas de la rectitud. El don de la Fortaleza para triunfar de la violencia de los enemigos que nos combaten. El don de la Ciencia para que, alumbrados con los fulgores de la sacra doctrina, hagamos juicio recto del bien y del mal. El don de la Piedad para vestimos de las entrañas de misericordia. El don de Temor con que, apartándonos de todo lo malo, dulcemente reposemos en la sujeción reverencial a tu eterna Majestad. Estas cosas nos enseñaste a pedir en esa santa oración, y éstas te suplicamos ahora, por tu cruz, nos alcances para gloria de tu santísimo nombre, al cual con el Padre y el Espíritu Santo sea todo honor y gloria, el hacimiento de gracias, el loor y el imperio por infinitos siglos de siglos. Amén

Fraterno Abrazo de Paz y Bien.

viernes, 19 de mayo de 2017

Domingo 21 de Mayo - Sexto Domingo de Pascua

Hechos 8,5-8.14-17.

En aquellos días: 
Felipe descendió a una ciudad de Samaría y allí predicaba a Cristo. 
Al oírlo y al ver los milagros que hacía, todos recibían unánimemente las palabras de Felipe. 
Porque los espíritus impuros, dando grandes gritos, salían de muchos que estaban poseídos, y buen número de paralíticos y lisiados quedaron curados. 
Y fue grande la alegría de aquella ciudad. 
Cuando los Apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. 
Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo. 
Porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. 
Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo. 

Salmo 66(65),1-3a.4-5.6-7a.16.20.

¡Aclame al Señor toda la tierra!
¡Canten la gloria de su Nombre! 
Tribútenle una alabanza gloriosa,
digan al Señor: «¡Qué admirables son tus obras!»

Toda la tierra se postra ante ti, 
y canta en tu honor, en honor de tu Nombre.
Vengan a ver las obras del Señor, 
las cosas admirables que hizo por los hombres.

El convirtió el Mar en tierra firme, 
a pie atravesaron el Río. 
Por eso, alegrémonos en él,
que gobierna eternamente con su fuerza.

Los que temen al Señor, vengan a escuchar, 
yo les contaré lo que hizo por mí:
Bendito sea Dios, 
que no rechazó mi oración 
ni apartó de mí su misericordia.

Epístola I de San Pedro 3,15-18.

Queridos hermanos: 
Glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. 
Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo. 
Es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal. 
Cristo murió una vez por nuestros pecados -siendo justo, padeció por los injustos- para llevarnos a Dios. Entregado a la muerte en su carne, fue vivificado en el Espíritu. 

Evangelio Según Nuestro Señor San Juan  14,15-21.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 
"Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. 
Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: 
el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. 
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. 
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. 
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. 
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a

“Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes”
Secuencia de Pentecostés : Veni Sancte Spiritus
Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma suave alivio de los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de la pasiones, alegría en nuestro llanto. Penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Sin tu ayuda divina no hay nada en el hombre, nada que sea inocente. Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. Concede a tus fieles, que confían en tí, tus siete dones sagrados. Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría.

    

sábado, 13 de mayo de 2017

Evangelio Dominical "Yo soy el camino, la verdad y la vida". 5 Domingo de Pascua.

              

PRIMERA LECTURA

Eligieron siete hombres llenos del Espíritu Santo.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 6, 1-7

En aquellos días, como aumentaba mucho el número de los discípulos, hubo ciertas quejas de los judíos griegos contra los hebreos, de que no se atendía bien a sus viudas en el servicio de caridad de todos los días.
Los Doce convocaron entonces a la multitud de los discípulos y les dijeron: 'No es justo que, dejando el ministerio de la Palabra de Dios, nos dediquemos a administrar los bienes. Escojan entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encargaremos este servicio. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra'.
Todos estuvieron de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y éstos, después de haber orado, les impusieron las manos.
Mientras tanto, la Palabra de Dios iba cundiendo. En Jerusalén se multiplicaba grandemente el número de los discípulos. Incluso un grupo numeroso de sacerdotes había aceptado la fe.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
Del salmo 32, 1-2. 4-5. 18-19

R/. El Señor cuida de aquellos que lo temen. Aleluya.

Que los justos aclamen al Señor; es propio de los justos alabarlo. Demos gracias a Dios al son del arpa, que la lira acompañe nuestros cantos. R/.
Sincera es la Palabra del Señor y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho, la tierra llena está de sus bondades. R/.
Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida. R/.

SEGUNDA LECTURA

Ustedes son estirpe elegida, sacerdocio real.

De la primera carta del apóstol san Pedro: 2, 4-9

Hermanos: Acérquense al Señor Jesús, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios; porque ustedes también son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo. Tengan presente que está escrito: He aquí que pongo en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.
Dichosos, pues, ustedes, los que han creído. En cambio, para aquellos que se negaron a creer, vale lo que dice la Escritura: La piedra que rechazaron los constructores ha llegado a ser la piedra angular, y también tropiezo y roca de escándalo. Tropiezan en ella los que no creen en la palabra, y en esto se cumple un designio de Dios. Ustedes, por el contrario, son estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 14, 6
R/. Aleluya, aleluya.

Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre, si no es por mí, dice el Señor. R/.

EVANGELIO

Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Del santo Evangelio según san Juan: 14, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 'No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy'.
Entonces Tomás le dijo: 'Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?' Jesús le respondió: 'Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto'.
Le dijo Felipe: 'Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta'. Jesús le replicó: 'Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por qué dices: 'Muéstranos al Padre'? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre'. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Invoquemos a Cristo, camino verdad y vida y, como pueblo sacerdotal, pidámosle por las necesidades de todo el mundo diciendo: Te rogamos, Señor. (R/. Te rogamos, Señor.)
Para que Cristo, esposo de la Iglesia, llene de alegría pascual a todos los que se han consagrado a la extensión de su reino, roguemos al Señor.
Para que Cristo, piedra angular del edificio, ilumine con el anuncio evangélico a los pueblos que aún desconocen la buena nueva de la resurrección, roguemos al Señor.
Para que Cristo, estrella luciente de la mañana, seque las lágrimas de los que lloran y aleje del dolor las penas de los que sufren, roguemos al Señor.
Para que Cristo, testigo fidedigno y veraz, nos conceda ser, con nuestra alegría evangélica, sal y luz para los hombres que desconocen la victoria dela resurrección, roguemos al Señor.
Señor Dios, Padre todopoderoso, que te has revelado en Cristo como maestro y redentor, escucha las oraciones de tu Iglesia y haz que, acercándonos a él, la piedra angular desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante ti, seamos edificados, también nosotros, como templo del Espíritu y sacerdocio sagrado. Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.

UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO

No deja de sorprenderme la credulidad de tantas personas que terminan engrosando las filas de 'las nuevas formas religiosas', que tienen toda la apariencia de empresas económicas que lucran con el sufrimiento de los pobres. Quienes ofrecen terminar con el sufrimiento y la enfermedad a condición de entregar una donación económica importante están abusando de la ingenuidad y la desesperación de las personas. El verdadero camino cristiano no se reduce a una oferta indiscriminada de prodigios y milagros de sanación. Es una opción creyente que nos permite humanizarnos, encontrando formas de vida llenas de sentido. Los verdaderos apóstoles cristianos pueden someterse al 'detector de mentiras' a los esquemas de transparencia y rendición de cuentas, para hacer manifiesta su autenticidad. Una de las formas de certificar un mensaje es observando cómo vive cotidianamente el mensajero.

Fraterno abrazo de Paz y  Bien.


domingo, 29 de enero de 2017

“¡Dichosos ustedes!” Domingo IV Del Tiempo Ordinario 29 de Enero del 2017

Tomamos nuestros apuntes del libro Jesús de Nazareth de Joseph Ratzinger / S.S. Benedicto XVI (Ed. Planeta, 2007):
«Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Moisés… El versículo introductorio (Mt 5,1) es mucho más que una ambientación más o menos casual: “Al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos; y Él se puso a hablar, enseñándoles...”. Jesús se sienta: un gesto propio de la autoridad del maestro; se sienta en la “cátedra” del monte. Más adelante hablará de los rabinos que se sientan en la cátedra de Moisés y, por ello, tienen autoridad; por eso sus enseñanzas deben ser escuchadas y acogidas, aunque su vida las contradiga (ver Mt 23,2), y aunque ellos mismos no sean autoridad, sino que la reciben de otro. Jesús se sienta en la “cátedra” como maestro de Israel y como maestro de los hombres en general. Como veremos al examinar el texto, con la palabra “discípulos” Mateo no restringe el círculo de los destinatarios de la predicación, sino que lo amplía. Todo el que escucha y acoge la palabra puede ser “discípulo”».
»En el futuro, lo decisivo será la escucha y el seguimiento, no la procedencia. Cualquiera puede llegar a ser discípulo, todos están llamados a serlo: así, la actitud de ponerse a la escucha de la Palabra da lugar a un Israel más amplio, un Israel renovado que no excluye o anula al antiguo, sino que lo supera abriéndolo a lo universal».
»Jesús se sienta en la “cátedra” de Moisés, pero no como los maestros que se forman para ello en las escuelas; se sienta allí como el Moisés más grande, que extiende la Alianza a todos los pueblos. De este modo se aclara también el significado del monte. El Evangelista no nos dice de qué monte de Galilea se trata, pero como se refiere al lugar de la predicación de Jesús, es sencillamente “la montaña”, el nuevo Sinaí. “La montaña” es el lugar de la oración de Jesús, donde se encuentra cara a cara con el Padre; por eso es precisamente también el lugar en el que enseña su doctrina, que procede de su íntima relación con el Padre. “La montaña”, por tanto, muestra por sí misma que es el nuevo, el definitivo Sinaí» (pp. 92-93).
«Debería haber quedado claro que el “Sermón de la Montaña” es la nueva Torá que Jesús trae. Moisés sólo había podido traer su Torá sumiéndose en la oscuridad de Dios en la montaña; también para la Torá de Jesús se requiere previamente la inmersión en la comunión con el Padre, la elevación íntima de su vida, que se continúa en el descenso en la comunión de vida y sufrimiento con los hombres» (p. 95).
«Jesús no piensa abolir el Decálogo, sino que, por el contrario, lo refuerza» (p. 98).
«Pero entonces, ¿qué son las Bienaventuranzas? En primer lugar se insertan en una larga tradición de mensajes del Antiguo Testamento como los que encontramos, por ejemplo, en el Salmo 1 y en el texto paralelo de Jeremías 17,7s: “Dichoso el hombre que confía en el Señor…”. Son palabras de promesa que sirven al mismo tiempo como discernimiento de espíritus y que se convierten así en palabras orientadoras» (p. 98).
«A pesar de la situación concreta de amenaza inminente en que Jesús ve a los suyos [son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos], ésta se convierte en promesa cuando se la mira con la luz que viene del Padre. Referidas a la comunidad de los discípulos de Jesús, las Bienaventuranzas son una paradoja: se invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas en la perspectiva correcta, esto es, desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la del mundo. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres y perdidos son los realmente felices, los bendecidos, y pueden alegrarse y regocijarse, no obstante de todos sus sufrimientos. Las Bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, y en las que “se invierten los valores”. Son promesas escatológicas, pero no debe entenderse como si el júbilo que anuncian deba trasladarse a un futuro infinitamente lejano o sólo al más allá. Cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces vive con nuevos criterios y, por tanto, ya ahora algo del ésjaton, de lo que está por venir, está presente. Con Jesús, entra alegría en la tribulación» (p. 99).
«Quien lee atentamente el texto descubre que las Bienaventuranzas son como una velada biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura. Él, que no tiene donde reclinar la cabeza (ver Mt 8,20), es el auténtico pobre; Él, que puede decir de sí mismo: Venid a mí, porque soy sencillo y humilde de corazón (ver Mt 11,29), es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es aquél que sufre por amor de Dios: en las Bienaventuranzas se manifiesta el misterio de Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con Él. Pero precisamente por su oculto carácter cristológico las Bienaventuranzas son señales que indican el camino también a la Iglesia, que debe reconocer en ellas su modelo; orientaciones para el seguimiento que afectan a cada fiel, si bien de modo diferente, según las diversas vocaciones» (pp. 101-102).


Domingo IV Del Tiempo Ordinario
 29 de Enero del 2017
“¡Dichosos ustedes!”

LA PALABRA DE DIOS

Sof 2,3;3,12-13:       “Busquen al Señor, todos ustedes, humildes de la tierra”

Busquen al Señor, todos ustedes, humildes de la tierra, los que cumplen sus mandamientos; busquen la justicia, busquen la humildad, tal vez así encontrarán refugio el día de la ira del Señor.
«Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y reposarán sin sobresaltos».

Sal 145,7-10: 
                 “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
Él hace justicia a los oprimidos,
Él da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

1Cor 1,26-31: 
                          “Ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte”
Hermanos:
Tengan en cuenta que entre ustedes, no hay sabios según los criterios humanos, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, es decir, los que no son nada, para anular a los que son algo, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
Por Él, ustedes están en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y reden­ción.
Y así —como dice la Escritura— «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Mt 5,1-12: 
                         “Subió al monte, se sentó, y tomando la palabra, les enseñaba”
En aquel tiempo, al ver Jesús la muchedumbre, subió a la mon­taña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y Él se puso a hablar, enseñándoles:
— «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos ustedes cuando los insulten y los persigan y los ca­lumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y conten­tos, porque su recompensa será grande en el cielo».

Fraterno saludo de Paz y Bien

jueves, 19 de enero de 2017

Domingo III Ordinario 22 de Enero del 2017

Luego del arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se dirigió a Galilea». Mas no retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que «se estableció en Cafarnaúm». Cafarnaúm era una ciudad floreciente ubicada en la ribera noroeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado Cefas (Pedro) por el Señor, y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.
En Cafarnaúm el Señor estableció su “centro de operaciones”. Pedro lo hospedaba en su casa, y allí acudía mucha gente para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y para ser curados (ver Mc 1,29.32ss). Desde allí iba y venía recorriendo «toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo».
Con el inicio de su predicación y ministerio público en Galilea el Señor Jesús da cumplimiento a una antigua profecía: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». La primera lectura es continuación de este pasaje tomado del profeta Isaías, citado por el Evangelista.
Zabulón y Neftalí eran dos de las doce tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una región ubicada al norte de la Palestina, calificada en los tiempos de Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los pueblos extranjeros y a sus habitantes. Ya que no adoraban al Dios verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Al territorio de Galilea se le llamaba tierra de gentiles puesto que muchos inmigrantes paganos habitaban allí, mezclados con la población judía.
En cuanto al relato de la predicación inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su primera exhortación es un llamado a la conversión: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos». El mensaje del Señor busca en primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios, fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder para restituir la comunión entre Dios y los hombres, para restituir la vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión.
Su misión se asemeja a la pesca: se trata de arrancar a los seres humanos de las profundidades del mar, que para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El Señor ha venido a devolver al ser humano a su hábitat natural, a restituir su condición humana y a elevarlo a la participación de la vida divina. Dios, en Jesucristo, sale al encuentro de su criatura humana. Pero no basta el Don de la Reconciliación: también es necesaria su acogida, la respuesta que se verifica en la conversión del hombre, en su decisión de volver a Dios, en el compromiso decidido por abandonar el mal para caminar a la luz del Señor.
El Señor Jesús dio comienzo a la predicación de la Buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque está cerca el Reino de los Cielos». Este Reino «brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo... Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra... Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).
Luego de este llamado a la conversión que el Señor hace a todos encontramos en el relato evangélico la narración de un llamado muy particular que el Pescador de hombres por excelencia dirige a algunos: «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres». A Simón, a Andrés, a Santiago y a Juan los invita a dejarlo todo y seguirlo de cerca, con la promesa de hacer de ellos pescadores de hombres.
La respuesta de aquellos cuatro hombres es impactante: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron... Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Responden al llamado con prontitud, con radicalidad, sin aferrarse ni a su trabajo, ni a sus proyectos personales, ni a los profundos y fuertes lazos familiares.
Queda manifiesto que desde el inicio de su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el Señor «a anunciar el Evangelio» (2ª. lectura). De esta manera la Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen gentium, 5).

“Entonces comenzó Jesús a predicar”

LA PALABRA DE DIOS
Is 9,1-14: “El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”
En otro tiempo el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban tierra de sombras, una luz les brilló. Hiciste grande la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín. Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del opresor que los hería.

Sal 26,1-4,13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.



1Cor 1,10-13.17: “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio”
Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y no haya divisiones entre ustedes. Vivan en armonía con un mismo pensar y sentir.
Hermanos, me he enterado por los de la familia de Cloe que hay discordias entre ustedes. Y por eso les hablo así, porque andan divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo», «yo soy de Apolo», «yo soy de Pedro», «yo soy de Cristo».
¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por uste­des? ¿Han sido bautizados en nombre de Apolo?
Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evan­gelio, y no con sabios discursos, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Mt 4,12-23: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino”
Al enterarse Jesús que habían encarcelado a Juan, se dirigió a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
— «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Caminando a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando la red, pues eran pescadores. Les dijo:
— «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca reparando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo.

Saludo Fraterno de Paz y Bien

domingo, 15 de enero de 2017

Evangelio del Domingo II Ordinario

                                          LA PALABRA DE DIOS

Is 49,5-6:
“Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación”
El Señor me dijo:
— «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me gloriaré».
Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel —tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza—:
— «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra».

Sal 39,2-10: 
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
Yo esperaba con ansia al Señor;
Él se inclinó y escuchó mi grito;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy».
Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad».
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.


1Cor 1,1-3:
 “Gracia y paz a ustedes de parte de Dios”
Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús y llamados a formar su pueblo santo, junto a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.
Gracia y paz a ustedes de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Jn 1,29-34:
“Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios”
En aquel tiempo, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó:
— «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: “Detrás de mí viene uno que es su­perior a mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que el pueblo de Israel lo conozca».
Y Juan dio testimonio diciendo:
— «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre Él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que Él es el Hijo de Dios».


En el Antiguo Testamento es frecuente designar al pueblo de Israel como “siervo de Dios” y a sus miembros como “siervos de Dios”. Israel ha sido liberado por Dios de la servidumbre y esclavitud y ha sido invitado a servirlo libremente: «si no os parece bien servir a Dios, elegid hoy a quién habéis de servir, o a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora» (Jos 24,15). De este modo increpa Josué a los israelitas una vez que entran finalmente en la tierra prometida, luego de haber sido liberados de la esclavitud de Egipto y marchar cuarenta años por el desierto. Hacerse siervo de Dios implicaba ser fiel a la Alianza sellada por Dios con Israel, ser fiel a la Ley dada por Dios a Moisés, aceptar libre y amorosamente su divino Plan.
El profeta Isaías (1ª. lectura) se reconoce a sí mismo como siervo de Dios. Ésa es su identidad más profunda, una realidad grabada por Dios en lo más profundo de su ser en el momento mismo de su concepción: «desde el vientre me formó siervo suyo». Identidad y vocación (del latín “vocare”, que se traduce como “llamado”) van de la mano. El haber sido hecho por Dios para ser su siervo implica un llamado por parte de Dios para cumplir una misión. El elegido es libre de aceptar o rechazar ese llamado, para bien de muchos o para perdición del pueblo. Ese llamado Isaías lo aceptó con docilidad y generosidad: «Percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra”? Dije: “Heme aquí: envíame”» (Is 6,8). De la aceptación y fiel cumplimiento de su misión depende la reconciliación del Israel con Dios. Más aún, de la fidelidad a su vocación —que no es otra cosa que la fidelidad a su propia y más profunda identidad— y a su misión depende también que la salvación de Dios «alcance hasta el último extremo de la tierra».
En este importante pasaje aparece clara una teología de la vocación: cada cual nace con una vocación, sellada por Dios en lo más profundo de su ser. Esta vocación, este “estar hecho por Dios para algo”, implica una misión y tarea que cumplir en el mundo. Su aceptación trae la realización humana al llamado y la salvación para todos lo que dependen de su fiel respuesta al Plan de Dios. En cambio, la rebeldía y rechazo de la propia vocación y misión dada por Dios traen al llamado un profundo desgarro interior, falta de paz, sufrimiento, así como un vacío que nadie podrá llenar en el mundo.
Además del llamado particular que Dios hace a cada uno, existe un llamado universal: todo ser humano es el llamado a ser santo (2ª. lectura). La santidad es realizar en sí mismo el amoroso proyecto divino que es cada cual. Dios crea al ser humano en vistas a su propia realización, que se da en la participación de su comunión divina de amor. Mas cada cual debe responder desde su libertad si acepta o no esta invitación de Dios, si confía en Él o prefiere confiar en ídolos vacíos, si lo sirve a Él y su amoroso Plan de Reconciliación o si prefiere servir a los ídolos del poder, del placer y del tener. Estos ídolos, aunque prometen la felicidad al ser humano, no hacen sino llevarlo al fracaso existencial, a la propia destrucción. La santidad es respuesta afirmativa a Dios y a su amor, es un “sí” dado por la criatura al Creador, pero también y ante todo es un don recibido por Cristo: quienes están llamados a ser santos han sido también «santificados en Cristo Jesús». Es a ese don al que cada cristiano deberá responder desde la propia libertad rectamente ejercida.
También el Señor Jesús tiene una vocación y misión que cumplir en el mundo. Él está llamado a realizar plenamente aquello que Dios revela a Isaías: «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra». Él, el Hijo del Padre, es el Siervo de Dios por excelencia que proclama con toda su vida y su ser: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad» (Salmo), para cumplir tu Plan, para llevar a cumplimiento tus amorosos designios reconciliadores.
Juan el Bautista da testimonio de Jesús y lo presenta ante el pueblo de Israel como Aquel que es el Cordero de Dios que ha venido a quitar el pecado del mundo. Juan revela de este modo Su identidad y misión. Al señalar al Señor Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo trae a la memoria aquel macho cabrío que luego de ser “cargado” con los pecados de Israel debía ser enviado a morir al desierto, expiando de ese modo los pecados del pueblo (ver Lev 16,21-22). También hace referencia a los corderos que eran continuamente ofrecidos como expiación por los pecados cometidos por los israelitas contra la Ley de Dios (ver Lev 4,27ss).
Por otro lado es interesante notar que la palabra hebrea usada para designar a un cordero puede significar también “siervo”. El Cordero de Dios es también el Siervo de Dios por excelencia, y justamente en la medida en que como Siervo responde a su vocación y cumple amorosamente con la misión confiada por su Padre llega a ser el Cordero que se inmola a sí mismo en el Altar de la Cruz para quitar el pecado del mundo, para reconciliar a la humanidad entera con Dios (ver 2Cor 5,19). De este modo la salvación de Dios alcanza «hasta el último extremo de la tierra», a los hombres y mujeres de todos los pueblos y tiempos.

Saludo Franciscano de Paz y Bien

domingo, 9 de octubre de 2016

DOMINGO XXVIII ORDINARIO-09 de Octubre del 2016


“Postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias”

                                            LA PALABRA DE DIOS

                                Lectura de el Segundo Libro de Reyes 5,14-17: 
                        
                                      “Naamán quedó limpio y se volvió a Eliseo”

En aquellos días, Naamán, general del ejército del rey de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño.
Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo:
— «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta, te lo ruego, un regalo de tu servidor».
Eliseo contestó:
— «¡Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada!»
Y aunque Naamán insistió, Eliseo se negó a aceptar. Naamán dijo:
— «Entonces, permite que me den un poco de esta tierra que puedan cargar un par de mulas; porque en adelante tu servi­dor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor».
                                                     Salmo 97,1-4: 
                             
                                                 “El Señor revela a las naciones su salvación”

Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.
El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.
Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen.

                                        Segunda Carta de Timoteo 2,8-13: 
                 
                                      “Si sufrimos con Cristo, reinaremos con Él”

Querido hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido de la descendencia de David.
Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar ca­denas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está en­cadenada.
Por eso lo soporto todo por los elegidos, para que ellos tam­bién alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la glo­ria eterna.
Es doctrina segura: Si con Él morimos, viviremos con Él. Si somos constantes, reinaremos con Él. Si lo negamos, también Él nos negará. Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no pue­de negarse a sí mismo.

                           Evangelio de nuestro Señor según San Lucas 17,11-19: 

                                                   “Quedaron limpios los diez”

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuen­tro diez leprosos, que se detuvieron a cierta distancia y a gritos le decían:
— «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos les dijo:
— «Vayan y preséntense a los sacerdotes».
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo:
— «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo:
— «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

                                                                    Refleccion

En el pueblo judío toda enfermedad de la piel, incluida la lepra, era llamada castigo o “azote de Dios” (Núm 12,98; Dt 28,35) y era considerada como “impureza”. La lepra era entendida como un castigo recibido por el pecado cometido ya sea por el mismo leproso o por sus padres. Rechazado por Dios el leproso debía también ser rechazado por la comunidad. La Ley sentenciaba que todo leproso «llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: “¡Impuro, impuro!” Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada» (Lev 13,45-46).
En su marcha a Jerusalén el Señor se encuentra a diez leprosos en las afueras de un pueblo. Estos leprosos, al ver a Jesús, en vez de gritar el prescrito “impuro, impuro”, le suplican a grandes voces: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Sin duda, la fama del Señor ha llegado a sus oídos. Han escuchado hablar de Él, de sus milagros, de sus curaciones. Se dirigen a Él como “Maestro”, es decir, como a un hombre de Dios que guarda la Ley y la enseña, como un hombre justo, venido de Dios. Al verlo venir, brilla en estos diez leprosos la esperanza de poder también ellos encontrar la salud, de verse liberados de este “castigo divino”, de verse purificados de sus pecados y de ser nuevamente acogidos en la comunidad.
Como respuesta a su súplica el Señor les dice: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Los sacerdotes, que tenían la función de examinar las enfermedades de la piel y declarar “impuro” al leproso (ver Lev 13,9ss), también debían declararlo “puro” en caso de curarse y autorizar su reintegración a la comunidad.
Confiando en el Señor se pusieron en marcha. Esperaban ser curados y poder presentarse “limpios” ante los sacerdotes. En algún punto del camino «quedaron limpios», es decir, curados no sólo de la lepra sino también purificados de sus pecados. Uno de ellos, al verse curado, de inmediato «se volvió alabando a Dios a grandes gritos». Los otros nueve debieron presentarse ante los sacerdotes según la indicación del Señor Jesús y según lo establecía la Ley.
El que volvió para presentarse ante el Señor y no ante los sacerdotes era un “extranjero”, un samaritano. Podemos suponer que los nueve restantes eran judíos. A pesar del odio que dividía a judíos y samaritanos, la desgracia común los había unido. La solidaridad había brotado en medio del dolor compartido.
Podemos preguntarnos: ¿Por qué parece reprochar el Señor a los que no vuelven, si Él mismo les había mandado presentarse ante los sacerdotes? ¿No estaban obedeciéndole acaso? ¿No podrían sentirse obligados por las mismas instrucciones del Señor? ¿Por qué habrían de volver a Él para dar gloria a Dios?
Podemos ensayar una respuesta: en los Evangelios los milagros del Señor Jesús son siempre signos o manifestaciones de su origen divino. El milagro obrado por Cristo revela e invita a reconocer que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, Dios mismo que se ha hecho hombre para salvar a su pueblo de sus pecados (ver Mt 1,21). En un primer momento los diez leprosos ven a Jesús como un Maestro, como un hombre santo. Tienen fe en Él y por eso obedecen a su mandato, hacen lo que Él les dice. Mas al verse milagrosamente curados, sólo uno se deja inundar por la experiencia sobrenatural, se abre al signo que lo lleva a reconocer en el Señor al Salvador del mundo. El samaritano reconoce la divinidad de Cristo, y por eso regresa para darle gracias como Dios que es, y se presenta ante quien es el Sumo Sacerdote por excelencia. Sólo a este samaritano, que lleno de gratitud se postra ante Él en gesto de adoración, le dice el Señor: «tu fe te ha salvado». La fe en el Señor Jesús no sólo es causa de su curación física, sino también de una curación más profunda: la del perdón de sus pecados, la de la reconciliación con Dios. Aquel samaritano creyó que la salvación venía por el Señor Jesús (ver 2ª. lectura).
La ingratitud de los otros nueve consistiría en que, siendo judíos, miembros del pueblo elegido que esperaba al Mesías, a pesar de este signo no reconocen al Señor como aquel que les ha venido a traer no sólo la salud física, sino también la liberación del pecado y la muerte, la salvación y reconciliación con Dios.

 Les dejo un Franciscano saludo de Paz y Bien

domingo, 2 de octubre de 2016

DOMINGO XXVII ORDINARIO 02 de Octubre del 2016

                                                            “¡Señor, auméntanos la fe!”

                                                     LA PALABRA DE DIOS

                                                         Hab 1,2-3; 2,2-4: 

                                                          “El justo vivirá por su fe”

¿Hasta cuándo pediré auxilio, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: «Violencia», sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me enseñas injusticias, me pones delante violencias y destrucción, y surgen pleitos y contiendas?
El Señor me respondió así:
«Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El que no tiene el alma recta sucumbirá, pero el justo por su fidelidad vivirá».
                                           
                                          Salmo 94, 1-2.6-9: 
                                          
                                          “Escucharemos tu voz, Señor”

Vengan, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Entren, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque Él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que Él guía.
Ojalá escuchen hoy su voz:
«No endurezcan el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando sus padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras».


                                 
                                     Segunda Carta de Timoteo 1, 6-8.13-14: 

                        “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”

Querido hermano:
Te recuerdo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de fortaleza, amor y buen jui­cio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Ten como norma las palabras sanas que has oído de mí en la fe y el amor de Cristo Jesús.
Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu San­to que habita en nosotros.
                      
                              Evangelio Según San Lucas 17, 5-10: 
                                  
                                 “¡Si tuvierais fe como un grano de mostaza!”

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor:
— «Auméntanos la fe».
El Señor contestó:
— «Si ustedes tuvieran fe como un granito de mostaza, di­rían ustedes a ese árbol: Arráncate de raíz y plántate en el mar”. Y les obedecería.
¿Quién de ustedes que tenga un criado arando o pastorean­do, le dice cuando llega del campo: “Ven, siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo, y lue­go comerás y beberás tú”?
¿Tienen que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Así también ustedes: Cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos ha­cer”».


                                                     
                                                        Refleccion

San Lucas no explicita el contexto en el que los Apóstoles se dirigen al Señor para pedirle que aumente su fe. San Mateo, en cambio, sitúa la expresión del Señor «si tuvieran fe como un grano de mostaza» en el momento en que los Apóstoles le preguntan por qué ellos no han podido expulsar el demonio que tenía poseído a un hombre. El Señor responde: «Por su poca fe», añadiendo inmediatamente: «yo les aseguro: si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada les será imposible”» (Mt 17,20).
San Mateo en su Evangelio escribe que en otra ocasión, al ir de camino, el Señor sintió hambre. Vio una higuera llena de follaje y se acercó a ella para buscar algún fruto para comer. Como no lo encontró, le dirigió a aquel árbol estas palabras: «¡Que nunca jamás brote fruto de ti!» (Mt 21,19). Más tarde, al pasar nuevamente por aquel mismo lugar (ver también Mc 10,12-14.19-23), los discípulos notaron que aquella higuera se había secado de raíz. El Señor entonces les dijo: «Yo les aseguro: si tienen fe y no vacilan, no sólo harán lo de la higuera, sino que si aún dicen a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, así se hará» (Mt 21,20-21).
De un modo o de otro, los Apóstoles toman conciencia de su poca fe y anhelan tener una fe más fuerte, firme, sólida. Al ver en el Señor Jesús al Hijo que confía absolutamente en el Padre, al verlo realizar obras tan maravillosas en Su Nombre, le piden con toda humildad y sencillez: «¡Auméntanos la fe!». Puede entenderse esta súplica como un: “¡enséñanos qué hacer para que nuestra fe en Dios y en sus designios crezca y se haga fuerte! ¡Ayúdanos a acrecentar nuestra fe tan pobre y frágil!”. Pero también hemos de entenderla como una humilde súplica al Señor para que Él infunda en ellos el don de la fe. Creer en Dios no es tan sólo una adhesión mental y cordial que brota de la confianza que se le pueda tener a Él y a todo lo que Él revela. La fe en Dios es ante todo un don divino, una gracia sobrenatural que antecede y sostiene todo esfuerzo humano por acrecentar y hacer fecunda esa fe.
Luego de esta primera enseñanza San Lucas recoge en el Evangelio de este Domingo otra enseñanza del Señor: «¿Quién de ustedes que tenga un criado arando o pastorean­do... etc?». La versión litúrgica traduce el término griego doulon por criado. Sin embargo, más preciso sería traducirlo como siervo. Sobre esta calificación podemos decir que en el Antiguo Testamento es frecuente la designación de Israel como “siervo de Dios”, siendo los israelitas designados como “siervos suyos”. Dios los liberó muchas veces de servidumbres esclavizantes y los invitó a pasar a su libre servicio. Obedecer a Dios implicaba un servicio libremente aceptado y amorosamente corroborado: «si no les parece bien servir al Señor, elijan hoy a quién han de servir» (Jos 24,15). El servicio ofrecido a Dios, a diferencia de aquel ofrecido a otros dioses o ídolos, nunca es esclavizante, sino libre y auténticamente liberador.
María, miembro conspicuo de este pueblo elegido de Dios, se designó a sí misma como la doulé Kyriou, es decir, la sierva del Señor (Lc 1,38). Los siervos en las parábolas son hombres de absoluta confianza. Su señor los envía a realizar misiones específicas como por ejemplo recolectar ganancias (ver Mt 21,34-36), convocar a los invitados para su boda (ver Mt 22,4.6), encargarse de la administración de su casa (ver Lc 15,22; 19,13).
El de siervos fue a la vez un título que asumieron los primeros cristianos. Al reconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios y Señor de todo, no tardaron en llamarse a sí mismos siervos de Cristo (ver Gál 4,6-7; Rom 8,15-16; 1Cor 7,22; Ef 6,6). ¿Pero no se contradecía este título con las palabras dirigidas por el Señor a sus discípulos la noche de la última Cena: «no los llamo ya siervos… a ustedes los he llamado amigos» (Jn 15,15)? No hay contradicción alguna, pues en aquella misma ocasión también les dijo el Señor a sus discípulos: «Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando» (Jn 15,14). La obediencia no es exclusiva de un siervo, lo es también de quien quiera ser amigo del Señor Jesús.
Resulta extraño que aquel siervo de la parábola que ofrece el Señor en el Evangelio de este Domingo deba calificarse a sí mismo de inútil o “bueno para nada” una vez que ha cumplido fielmente con todas sus tareas. Inútil sería propiamente aquel que no cumple con sus tareas. Al calificarse a sí mismo de “inútil” el siervo de la parábola reconoce en realidad que, a pesar de haber cumplido fielmente su tarea, no tiene derecho a ponerse por encima de su señor y reclamar un trato que no le corresponde. No por cumplir bien su deber el siervo merece sentarse a la mesa del amo para ser servido por él. El siervo no debe perder de vista que su lugar es servir a su señor. Del mismo modo, el creyente debe servir al Señor, no servirse de Él o buscar que Él lo sirva y haga lo que él quiere.

Les dejo un Franciscano saludo de Paz y Bien