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domingo, 25 de septiembre de 2016

DOMINGO XXVI ORDINARIO 25 de Septiembre del 2016

    “Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras tú eres atormentado”

LA PALABRA DE DIOS

Amos 6, 1.4-7:

 “¡Ay de los que se sienten seguros en Sión!”

Así dice el Señor todopoderoso:
«¡Ay de los que se sienten seguros en Sión y ponen su confianza en el monte de Samaria!
Ustedes duermen en camas de marfil; se recuestan en lujosos sillones, comen los corderos del rebaño y los terneros del establo; canturrean al son del arpa, inventan, como David, instrumentos musicales; beben vino en elegantes copas, se ungen con perfumes exquisitos sin apenarse por la ruina de José.
Por eso irán al destierro a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los libertinos».

Salmo 145, 7-10: 

“Alaba alma mía, al Señor”

Él mantiene su fidelidad perpetuamente,
Él hace justicia a los oprimidos,
Él da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego,
endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.


Primera carta de Timoteo 6,11-16: 

 “Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado”

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza.
Pelea el buen combate de la fe.
Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste solemne confesión ante muchos testigos.
En presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio solemne testimonio ante Poncio Pilato con tan noble confesión: te insisto en que guardes el manda­miento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nues­tro Señor Jesucristo, que a su debido tiempo mostrará el bien­aventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.
¡A Él sea el honor y el poder para siempre! Amén.

Evangelio según San Lucas 16,19-31: 

“Deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico”

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
— «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado junto a la puer­ta, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio desde lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él, y gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo in­menso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia ustedes, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros”.
El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimo­nio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento”.
Abraham le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”.
El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”.
Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”».



                                                                       Refleccion

Luego de proponer a sus discípulos la parábola del administrador infiel e invitar a usar las “riquezas injustas” para ganar amigos en el Cielo, el Señor sentencia: «No pueden servir a Dios y al Dinero» (Lc 16,13). El apego a las riquezas necesariamente conduce a un desprecio de Dios, muchas veces sutil e inconsciente.
En seguida el evangelista comenta que al escuchar aquella enseñanza algunos fariseos «se burlaban de Él» (Lc 16,14). ¿Por qué reaccionan de ese modo? Porque, según explica San Lucas, ellos «eran amigos del dinero» (allí mismo). Como son “amigos del dinero” consideran que es un disparate total la oposición que el Señor establece entre Dios y el dinero. Además, como hombres dedicados al estudio de la Ley, probablemente fundamentan su amor a las riquezas con la misma Escritura: en el libro de Moisés estaba escrito que la prosperidad material era una bendición de Dios, un premio en la vida terrena a quien observaba fielmente los mandamientos divinos (ver Lev 26,3-5). Por tanto, ¿no era absurdo afirmar que el dinero era “injusto” y que la acumulación de las riquezas lo hacía a uno enemigo de Dios? Aquellos fariseos pensaban sin duda que el Señor desvariaba al enseñar semejante oposición.
La respuesta del Señor será dura: «Ustedes son los que se la dan de justos delante de los hombres, pero Dios conoce sus corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios» (Lc 16,15). ¿Qué es estimable para los hombres? La riqueza, así como el hacerse amigo de hombres ricos. ¿Qué es abominable para Dios? La riqueza que se convierte en un ídolo para el hombre, volviéndose “injusta”.
El Señor afianza esta enseñanza con una parábola, que habla del destino final de un rico y de un pobre que está a su puerta. Ambos son hijos de Abraham, ambos son miembros de un mismo pueblo. Mientras el judío opulento no parece encontrar mejor uso para su dinero que banquetearse regaladamente todos los días con sus amigos, su hermano está echado a la puerta de su casa anhelando saciar su hambre con las sobras de la mesa del rico. Su situación de abandono y miseria absoluta no despiertan la atención ni la compasión del rico, que preocupado tan sólo de gozar de sus riquezas permanece indiferente e insensible ante el sufrimiento de Lázaro. El contraste que plantea el Señor en su parábola es muy fuerte.
Entre ricos insensibles y pobres necesitados de todo, Dios está de parte de estos últimos. Esto queda claramente indicado en la parábola ya desde el mismo nombre que el Señor le pone al pobre: Lázaro. Este “detalle” es tremendamente significativo, más aún cuando es la única parábola en la que el Señor pone nombre a alguno de sus personajes. En la mentalidad oriental el nombre era un elemento esencial de la personalidad del portador. El nombre expresa una realidad. Lo que no tiene nombre no existe. Un hombre sin nombre es insignificante y despreciable. El hombre es lo que su nombre significa (ver 1Sam 25,25). Lázaro es la forma griega del nombre hebreo Eleazar, que significa “Dios es (su) auxilio”. Así el pobre Lázaro, despreciado e innominado para los hombres poderosos, es para Dios una persona que merece su amor, su compasión y su auxilio. En cambio, el rico que cierra sus entrañas a Lázaro carece para Él de nombre.
Este auxilio de Dios a favor del pobre quedará de manifiesto definitivamente a la hora de la muerte: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces». Mientras que Lázaro es acogido en el seno de Abraham porque encontró en Dios su auxilio, el rico se encuentra lejos del “seno de Abraham” por usar sus riquezas de un modo mezquino y egoísta, por negar compartir aunque sea las migajas de su mesa opulenta con quien hundido en la más absoluta miseria suplicaba un poco de alivio y auxilio echado a la puerta de su casa. Lázaro por la fe en Dios habrá ganado la vida eterna (ver 2ª. lectura), mientras que el rico epulón la habrá perdido. Por no escuchar rectamente a Moisés y a los profetas se encontrará en un lugar de eterno tormento. El abismo que existe entre ambos es símbolo de una situación o estado que no puede cambiar, que es eterno.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Hay que tener el coraje de anunciar siempre, Reportaje al Padre Martín Lasarte sdb en su pasaje por Montevideo.

Comparto una nota muy linda por Camilo Genta  publicada en la pagina de la Iglesia Católica De Montevideo

Digamos la verdad, no conocía nada sobre el Padre Martín Lasarte. Apenas un par de artículos, un par de fotos antes de reunirme con él y poca cosa más. Ah sí, sabía que era salesiano y que había compartido parte de su etapa de noviciado con el Cardenal Daniel Sturla. Nada más. Por eso en la mañana de aquel jueves en la entrada del Colegio Juan XXIII la espera se me hizo larga. Las recepcionistas no lo encontraban: que estaba con unos jóvenes, que lo vieron en una clase, que estaba dando una charla, en concreto nada… y los minutos pasaban. Hasta que desde una de las puertas que da al patio, una cara sonriente me sale al encuentro. Ante tal recibimiento cualquier rastro de impaciencia se disipó, y he aquí la primera nota de este sacerdote salesiano misionero: la sonrisa.
Me hizo pasar por el patio que estaba desierto en ese momento (algo extraño en un colegio salesiano pensé) buscando un salón para poder conversar tranquilos. Todo esto a una velocidad considerable y mientras nos íbamos presentando, segunda nota: no pierde el tiempo. Comenzamos hablar, prendo el grabador y largo la primera pregunta, de ahí en más casi 50 minutos de experiencias de un misionero en África, pero sobre todo de un sacerdote que entregó toda su vida a Dios. Tercera nota: toda experiencia es lugar de encuentro con Jesucristo.

El clima de familia

“Todo comienza con la familia”, así explica el Padre Martín su vocación. Una familia muy católica, ya desde sus abuelos, que le van dando sus primeras “semillas de vida cristina”. Luego de pasar por los Maristas en primaria y secundaria, el bachillerato lo realiza en el Colegio Juan XXIII, “no por grandes aspiraciones religiosas, sino porque mis hermanas venían acá”, relata. Y continúa “Un colegio de moda, chicas bonitas, motivaciones muy profundas”, bromea. Y destaca :“Pero realmente me impactó mucho el clima de familia, la personalización, la presencia de los salesianos con los jóvenes”.
Reconoce en ese acompañamiento al Padre Felix Irureta “Un hombre muy simple… El primer día que llego, ya en la puerta me saluda :“Martín, ¿cómo estás?”. Ya sabía todos los nombres, ya se había estudiado todas las caras, las fotos, todo ese tipo de detalles de presencia con los jóvenes” y además “tenía una gran profundidad espiritual ”.
Su vida como religioso no era tan clara; antes de entrar al colegio “Ni sabía lo que eran los salesianos”. Pero, nuevamente, las experiencias no son en vano “Justamente en el primer año pierdo a mi padre, pero también desde el colegio encuentro eso de Don Bosco esa paternidad de los salesianos. Son todos elementos que van marcando mucho”. Entonces, el momento decisivo: “ya en 6° año estaba haciendo ingeniería y llega un misionero Milan Zednicek que todavía está en Angola, y se hace una invitación para ir a las misiones. Ahí se despertó en mí un gran entusiasmo y comenzó todo un proceso”. El Padre Lazarte deduce que “ Tú le vas dando la mano a Dios, y Dios te va agarrando todo”, y sonríe nuevamente.

De esperas y concreciones

“En mí primero se despertó esa pasión por África y después entré en la congregación. Luego comencé con la formación”, dice el Padre Martín. Ya en la formación como salesiano “comenzamos esa experiencia linda, cuando estábamos en el noviciado con Daniel Sturla y Joselo, en el movimiento Tacurú. Después hice el tirocinio en Talleres Don Bosco, una experiencia muy linda de dos años duros, con los pupilos. De mis alumnos en los talleres ahora hay tres salesianos, una experiencia hermosa”.
Su espera cada vez se hacía más larga “yo siempre estaba esperando para irme de misión y la cosa no venía, hasta que en el periodo que debía estudiar teología me tocó hacerlo en Brasil (aunque empecé aquí en Uruguay y la terminé en Roma), precisamente para estudiar el portugués”. Tuvo que ser paciente para que “luego ya como diácono me mandaran, ahora sí, para Angola”.
Era un momento muy difícil para ese país que estaba en medio de una guerra que duró 27 años, pero el padre Lasarte cuenta cada momento, cada experiencia, como una realidad que le permite acercarse a Dios y a su vez trasmitirlo a los demás. “Me acuerdo que cuando llegué comíamos una vez por día, estábamos en Lwena, al este de Angola, una ciudad sitiada por la guerrilla. En ese momento el comunismo era muy duro. Interrogatorios en cualquier momento, porque pensaban que uno podía ser un espía sudafricano y además muchas restricciones”, rememora.

No quedarse quieto

Luego de un periodo en Roma para estudiar Sagradas Escrituras regresa a Luanda, capital de Angola, para pocos meses después volver a Lwena ya como párroco. Allí “me tocó el final de la guerra; atender los campos de desplazados internos, que la gente durante la guerra se iba junto a la ciudad para recibir ayuda humanitaria. Trabajábamos con las Naciones Unidas, con el plan Alimentar. Ya terminada la guerra teníamos también otros dos problemas: los campamentos de los ex militares de las guerrillas con sus familias (miles de personas en esos acuartelamientos) en un trabajo humanitario y pastoral”.
La zona donde trabajaba, su parroquia, tenía una extensión de 90000 kilómetros cuadrados y la población católica era apenas del 5%. Ante esa realidad “teníamos que cortar los árboles, hacer puentes en los ríos. Una experiencia muy linda de fundar comunidades rurales y en Lwena, la capital de la provincia de Moxico, muchas actividades (proyectos de saneamiento y agua, formación profesional, una red de escuelas, alfabetización, etc.)”. Como si fuese algo de todos los días, una tarea más, comenta “había que hacer una reconstrucción del país”.
De allí volvió a la capital angoleña, Luanda. Trabajó con “la pastoral juvenil, en las escuelas, enseñando en el seminario, acompañar al voluntariado (siempre teníamos unos 30 o 40 voluntarios internacionales). La pastoral salesiana en Luanda tenía mucha vitalidad, algunas parroquias tenían 5000 o 6000 chicos en la catequesis, grupos juveniles con 1600 o 2000 jóvenes”. Pero para el Padre Martín trabajar en la “pastoral universitaria y darle un sentido de transformación del país, desde el punto de vista profesional de estos jóvenes” fue muy gratificante.

Allá y acá

Le pregunto sobre los cambios, como es la sociedad angoleña respecto a la nuestra, su fe, su forma de encarar la vida. “Me acuerdo que cuando llegué, en el año 90, me paran los militares con ametralladoras que era una cosa muy común. Y uno de los militares me dice: “Padre, ¿tiene un Rosario?” Un pueblo profundamente religioso, entonces el primer choque es la religiosidad profunda de ese pueblo”. No puede evitar la comparación con nuestra realidad “una cosa que choca al llegar es cómo se habla de religión, el conductor del taxi te habla de la Iglesia a la que va como la cosa más natural. Aquí tenés que dar una vuelta “bueno, vamos a tocar el tema de la trascendencia… y no sé qué” y allá, a lo lejos, tirar alguna palabrita”.
Otro elemento es la alegría. En ese momento se descuelga con la siguiente frase “una cosa es sufrir y otra cosa es ser triste”. Y no puedo evitar reflexionar sobre la fe de este hombre, que tuvo que enterrar tanta gente, que vio a un país destruido, que seguramente lloró viendo inenarrables situaciones, y que te recibe con una sonrisa. Y no puedo evitar reflexionar sobre nuestra fe, nuestra forma de vivir nuestra cotidianidad, como mucho con una mueca. Entonces como una bofetada lo escucho decir “justamente una característica de nosotros los rioplatenses es la tristeza: el síndrome del tuvimos y eramos. La nostalgia, el pesimismo, el “y bueno…”. Te encuentras con una cultura en el sufrimiento, el hambre, la persecución, la muerte; pero con una capacidad de sonreír, llena de niños, de jóvenes, con un porcentaje enorme de gente joven. Se respira esperanza, futuro”.
También le pregunto por los desafíos terminada la guerra hace ya unos años, y el Padre Lasarte me habla de nuevos desafíos, tal vez aún peores que la guerra. “El tema de la invasión de sectas (tema que se da también en América Latina), la manipulación religiosa y claro el tema de las familias destrozadas por la guerra, que condicionan mucho el tema de la evangelización actualmente”, y a estos que ya de por sí darían para mucho se suma el consumismo. “Después que terminó la guerra, el país tenía tasas de crecimiento anual del 18%: las más altas del mundo. Entonces como en todo lugar, empieza el bienestar, uno ya empieza a pensar en otras cosas: cosas lícitas y cosas que son de estricto consumismo” nos comenta.

La misión es en todo lugar

Me quedaban pocos minutos y le pido que me cuente que experiencias de Angola nos pueden venir bien aquí: “una experiencia muy linda del catecumenado y un gran itinerario de la fe. Se hace un buen camino de catecumenado para adultos son cuatro años de preparación antes de recibir los sacramentos”. Y subraya “el Bautismo tiene que responder a la fe, y si falta la fe en una familia, en una comunidad; bueno, vamos a esperar que estén dadas las condiciones. Si no se banaliza algo que es muy precioso”.
Además el Padre Martín comentó que “otra experiencia, al menos nuestra salesiana, es el asociacionismo juvenil. Cuando los jóvenes están en el catecumenado, antes de recibir los sacramentos, tienen que estar en un grupo juvenil”. Argumentó que “lo qué pasa, es que los sacramentos de iniciación cristiana terminan siendo los sacramentos de finalización cristiana”.
Otra es la experiencia de los laicos. El Padre Lasarte afirma que ha “conocido comunidades que durante más de treinta años no conocieron sacerdotes; estaba la fe en la comunidad, estaba en las celebraciones del domingo, estaba en los bautismos. ¿Por qué? Porque estaban los catequistas, y los catequistas en África son una especie de diáconos permanentes de la comunidad, es el laico que la anima, la reúne para rezar. Es el protagonismo de los laicos en la evangelización. Lástima que se recogen pocos testimonios y se escribe poco. Pero los testimonios de santidad, de martirio, de fe” son enormes.
No se deja de asombrar de la centralidad de la familia en la realidad africana: La eclesiología africana es la Iglesia familia. Justamente en un contexto donde uno oye familia “y bueno, es un concepto cultural variable, que depende de mi opciones”. Precisamente el concepto de familia es la base de todo en África, la familia alargada más que nada”.
Por último resume. “El gran problema de la Iglesia muchas veces no es el secularismo que ataca de afuera, sino la Iglesia secularizada; el mal mayor es ese, nosotros mismos que no creemos en nuestras riquezas. Pedimos perdón por tener que anunciar el Evangelio, tenemos que dar cuarenta vueltas tartamudeando para decir algo de la Iglesia o de Dios”.
Suena el timbre del recreo, es como la señal: fin de la entrevista. Le agradezco por el tiempo, me saluda como si nos conociéramos de toda la vida, y no dudo que de alguna forma sea así. Con una sonrisa se ofrece para acompañarme hasta la entrada, pero veo que es muy requerido y enfilo solo hacia la puerta. Doy tres pasos y veo hacia atrás solo para corroborar una sospecha: el Padre Martín ya se perdió entre la multitud de jóvenes con una sonrisa, sin perder un segundo, buscando una nueva experiencia de encuentro con Jesús.

Enlace  http://icm.org.uy/coraje-anunciar-siempre/

domingo, 18 de septiembre de 2016

EVANGELIO DEL DOMINGO XXV ORDINARIO

18 de Septiembre del 2016
“No pueden servir a Dios y al dinero”

LA PALABRA DE DIOS

Profetas Amos 8, 4-7: 

“¡Escuchen esto, los que oprimen al pobre!”

Escuchen esto, los que oprimen al pobre, y tratan de eliminar a la gente humilde, diciendo: «¿Cuándo pasará la fiesta de la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?»
Disminuyen ustedes la medida, aumentan el precio, usan balanzas con trampa, compran por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo.
El Señor lo ha jurado por el honor de Jacob: nunca olvidaré lo que han hecho.

Salmo 112, 1-2.4-8: 


“Alaben al Señor, que alza de la miseria al pobre”

Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se inclina para mirar al cielo y a la tierra?
Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo.

Primera Carta de Timoteo 2, 1-8: 

“Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven.”

Querido hermano:
Te ruego, ante todo, que se hagan oraciones, plegarias, sú­plicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todas las autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y pacífica, religiosa y digna.
Eso es bueno y grato ante los ojos de Dios, nuestro Salva­dor, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Porque Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó en rescate por todos: éste es el testimonio dado a su debido tiem­po, del cual he sido yo constituido mensajero y apóstol ―digo la verdad, no miento―, y maestro de las naciones en la fe y en la verdad.
Por lo tanto, quiero que sean los hombres los que oren en cualquier lugar, alzando las manos limpias, sin ira ni divisiones.

Evangelio de nuestro Señor según San Lucas 16, 1-13: 

“Ningún siervo puede servir a dos señores”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
— «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusa­ron ante su señor de malgastar sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
“¿Es cierto lo que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”.
El administrador se puso a pensar:
“¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el empleo? Para trabajar la tierra no tengo fuerzas; mendigar me da ver­güenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su señor y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”
Éste respondió: “Cien barriles de aceite”.
Él le dijo: “Aquí está tu recibo; date prisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Luego le dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”
Él contestó: “Cien sacos de trigo”.
Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta”.
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Y es que los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Por eso les digo: Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas.
El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho; el que no es honrado en lo mínimo tampoco en lo importante es honrado.
Si no fueron de confianza con el injusto dinero, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no fueron fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún siervo puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro o será fiel a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero».

                                                                    Refleccion 

El Evangelio de este Domingo trae la parábola de un hombre rico que despide a su administrador por haber estado haciendo un mal uso de sus bienes. Antes de marcharse, sin embargo, es instado por el dueño de la hacienda a presentarle las cuentas de su gestión.
Una cosa le preocupa a quien ha vivido regaladamente a expensas de un hombre rico, aprovechándose de sus bienes para beneficio personal: ¿qué hacer para no quedar en la miseria, si no puede ya trabajar como un joven y si mendigar le da vergüenza?  Una idea astuta le viene a la mente: granjearse la amistad y gratitud de los deudores de su antiguo señor, rebajándoles significativamente la cantidad de lo debido. Llamándolos uno por uno hace que escriban recibos con cantidades inferiores a las realmente debidas: cincuenta medidas de aceite en vez de cien, ochenta cargas de trigo en vez de cien, y así sucesivamente. Él calcula que la condonación de una parte significativa de la deuda será retribuida posteriormente por las personas favorecidas. Es una manera muy astuta de hacer uso de los bienes materiales para granjearse amigos que luego puedan ayudarlo cuando se encuentre desempleado.
Sin hacer una evaluación moral de la acción del administrador el Señor Jesús alaba su sagacidad y alienta a los “hijos de la luz”, es decir, a sus discípulos, a imitar la astucia —no los métodos deshonestos— de “los hijos de este mundo”, aquellos que viven y luchan buscando grandezas humanas, puestos importantes, éxitos mundanos, quienes para alcanzar sus propios fines son siempre tan sagaces.
El Señor Jesús pronuncia finalmente la enseñanza central de esta parábola: «Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas».
¿Por qué califica el Señor el dinero de “injusto”? San Cirilo decía al respecto: Jesús «declara injusta por naturaleza toda posesión que uno posee por sí misma, como bien propio, y no la pone en común con los necesitados». Es decir, por “dinero injusto” no sólo hay que entender la riqueza que se obtiene o aumenta por medios injustos (ver 1ª. lectura) sino también aquella riqueza a la que uno incluso habiéndola obtenido honestamente se aferra egoístamente, negándole su carácter social. Una excesiva abundancia de dinero o bienes se torna injusta cuando no se usa en favor de aquellos que viven de modo infrahumano por carecer de ellos.
El Señor invita a un cambio de conducta cuando declara que «de esta injusticia es posible hacer una obra justa y benéfica, ofreciendo alivio a alguno de esos pequeños que tienen una morada eterna ante el Padre» (San Cirilo). De este modo uno tendrá amigos «cuando [el dinero] llegue a faltar», es decir, en el momento de la muerte, cuando las riquezas ya no acompañarán más al rico ni podrán salvarlo, cuando sólo lo acompañarán sus buenas obras y la caridad que haya podido hacer con aquel dinero durante su peregrinación por este mundo. Entonces los amigos que habrá ganado lo recibirán en las moradas eternas.
Luego de exponer la parábola, el Señor enuncia una serie de sentencias sobre las riquezas. Entre otras dirá: «No pueden servir a Dios y a Mamón». Normalmente el término griego mammonas se traduce por dinero. Procede del arameo mamón, que en sentido amplio significa riqueza y posesión. En la sentencia mencionada el Señor habla de Mamón casi como si fuese una persona real, opuesta a Dios. Se convierte en su servidor el hombre codicioso, aquel que permite que su corazón se apegue a las riquezas y bienes materiales, haciendo que sirvan sólo a sus intereses personales. Un hombre así se engaña a sí mismo si cree que puede al mismo tiempo amar a Dios. La verdad es que «ningún siervo puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro o será fiel a uno y despreciará al otro». Entre Dios y Mamón, hay que elegir a quién quiere uno servir, porque no se puede estar bien con los dos al mismo tiempo.


sábado, 17 de septiembre de 2016

Año Cristiano Franciscano DÍA 18 DE SEPTIEMBRE

                                      Año Cristiano Franciscano

DÍA 18 DE SEPTIEMBRE

 


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SAN JOSÉ DE COPERTINO . Nació el año 1603 en Copertino, pueblo del sur de Italia, de familia pobre y honrada. Desde joven mostró tener muy escasas las dotes intelectuales y las habilidades manuales. Superando muchas dificultades ingresó en la Orden de los franciscanos conventuales y sólo gracias a la fuerte ayuda de Dios llegó al presbiterado. Tras su ordenación sacerdotal se entregó de lleno al sagrado ministerio, inflamado en celo de las almas. Adornado de carismas singulares, éxtasis y levitaciones, por lo que es conocido como el «Santo de los vuelos», los superiores tuvieron que cambiarlo con frecuencia de un convento a otro, huyendo del fanatismo popular. Descolló por su obediencia, humildad, paciencia y caridad para con los necesitados de Dios. Manifestó ardiente devoción a los misterios de la vida de Cristo, en especial la Eucaristía, y a la Madre de Dios. Sus biógrafos dicen que lograba transmitir su santa y franciscana alegría mediante el modo de orar, enriquecido por atractivas composiciones musicales y versos populares que entusiasmaban a sus oyentes, reavivando su devoción. Murió en Ósimo (Marcas) en 1663.- Oración: Dios de misericordia, que con admirable sabiduría has querido que tu Hijo, al ser levantado de la tierra, atrajera todas las cosas hacia él, concédenos, por intercesión de san José de Copertino, tender a la perfección que nos has propuesto en la persona de tu Hijo, y vernos libres de la malicia de este mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
BEATOS AMBROSIO MARÍA DE TORRENTE Y CUATRO COMPAÑEROS, MÁRTIRES. Todos ellos eran naturales de Torrent, provincia de Valencia en España, Terciarios Capuchinos de la Virgen de los Dolores, los dos primeros sacerdotes y los otros tres hermanos laicos. Fueron fusilados por los milicianos el 18 de septiembre de 1936 en Montserrat (Valencia), y beatificados por Juan Pablo II en 2001 entre los mártires amigonianos y otros muchos. Ambrosio (en el siglo, Salvador Chuliá Ferrandis) nació en 1866 y, siendo ya diácono, ingresó en los Terciarios Capuchinos. Tenía una amplia cultura y, por su carácter, era más proclive a obedecer que a mandar. En su ministerio destacó como consejero, director espiritual y confesor. A la hora de afrontar el martirio, demostró una gran entereza animando a sus compañeros y perdonando a sus verdugos. Valentín María de Torrente (en el siglo, Vicente Jaunzarás Gómez) nació en 1896. Entró de joven en los Terciarios Capuchinos, con los que se había educado. Ordenado de sacerdote, ejerció su ministerio preferentemente en centros de su Congregación, dedicados a la ayuda de la juventud desorientada. Era un gran pedagogo, de recia personalidad y carácter alegre. Francisco María de Torrente (en el siglo, Justo Lerma Martínez) nació en 1886, desde pequeño estuvo relacionado con los Terciarios Capuchinos y en 1905 vistió su hábito como hermano laico. En los colegios de Yuste y Madrid puso de manifiesto sus grandes dotes pedagógicas. Fue un religioso trabajador, sencillo, piadoso. Recaredo María de Torrente (en el siglo, José María López Mora) nació el año 1874, e ingresó en los amigonianos en 1889 como hermano laico. En el apostolado en diversas escuelas, demostró sus dotes naturales para la educación de la juventud desadaptada. Los últimos años de su vida se centró en el catecismo y la escuela para niños pobres, las visitas a los enfermos y los encarcelados. Modesto María de Torrente (en el siglo, Vicente Gay Zarzo) nació el año 1885. En 1903 vistió el hábito de Terciario Capuchino como hermano laico. Alternó primero los trabajos de albañilería con la atención a los jóvenes postulantes. Luego se dedicó a la enseñanza de las primeras letras a los niños y a la administración de la casa. Sus virtudes características fueron la obediencia y la laboriosidad.
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Santa Ariadna


 Fue martirizada en Prymnesso de Frigia (Turquía) en una fecha desconocida de los primeros siglos de la Iglesia.
Santo Domingo Trach. Nació en Ngai-Voi (Vietnam) el año 1792, profesó en la Orden de Predicadores o Dominicos en 1825 y, una vez ordenado de sacerdote, estuvo ejerciendo su apostolado catorce años en distintos distritos y fue director espiritual del seminario. Cuando se desató la persecución religiosa, siguió trabajando en la clandestinidad, en medio de grandes peligros. Lo detuvieron y no consiguieron, a pesar de las amenazas y torturas, que apostatara ni que pisara la cruz. Lo condenaron a muerte y lo decapitaron en la ciudad de Nam Dinh (Vietnam) el 18 de septiembre de 1840.
San Eumenio. Obispo de Gortina, en la isla de Creta, en el siglo VII.
San Eustorgio. Fue obispo de Milán antes del año 355. San Atanasio elogió su confesión de la verdadera fe contra la herejía arriana.
San Ferreolo de Limoges. Fue obispo de Limoges (Francia) y murió el año 591. Libró de un inminente peligro de muerte a Marcos, refrendario del rey Childeberto, a quien el pueblo quería matar.
San Ferreolo de Vienne. Según la tradición, era tribuno romano en Vienne (Francia) y, en tiempo de persecución, se negó a detener a los cristianos. Detenido por orden del prefecto, fue cruelmente azotado y encarcelado. Consiguió escaparse, pero fue capturado por sus perseguidores y luego decapitado. Su vida se sitúa en el siglo III.
San Océano. Sufrió el martirio en Nicomedia de Bitinia (Turquía), en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.
Santa Ricarda. Nació hacia el año 840, hija del duque de Alsacia. Contrajo matrimonio con Carlos el Gordo, que sería rey de Francia y Alemania, y emperador en el 881. Era piadosa y bondadosa, fomentó la vida monacal, ayudó a los monasterios y fundó el de Andlau en Alsacia (Francia). Víctima de una calumnia y después viuda, se retiró al monasterio que había fundado, integrándose en la vida de comunidad y haciendo obras de misericordia a favor de los pobres. Murió el 18 de septiembre parece que del año 895.
San Senario. Obispo de Avranches (Baja Normandía, Francia) en el siglo VI.
Beato Carlos Eraña Guruceta. Nació en Aozaraza-Arachavaleta, provincia de Guipúzcoa en España, el año 1884. Ingresó en la Compañía de María (Marianistas) y en 1903 emitió sus primeros votos. Obtuvo el título de maestro y a partir de 1904 se entregó a la educción cristiana en diversos centros marianistas, y más tarde fue director. Se ganó el afecto y estima de los alumnos y de sus familias, y cuidó la formación de los jóvenes profesores marianistas. La persecución religiosa de 1936 le sorprendió en el Colegio del Pilar de Madrid. Vivió un mes en un ambiente de persecución abierta, hasta que lo detuvieron los milicianos. En la madrugada del 18 de agosto de 1936 lo fusilaron en Alarcos, cerca de Ciudad Real.
Beatos David Okelo y Gildo Irwa. Eran dos jóvenes cristianos ugandeses. David nació en 1902, hijo de padres paganos, pero se convirtió al cristianismo y se bautizó en 1916; luego se ofreció para catequista. Gildo nació en 1906, hijo de padres paganos, fue catecúmeno desde niño y se bautizó en 1916; se fue a vivir con los misioneros, que le encomendaron el ministerio de la catequesis junto con David. Los dos se desvivieron en su labor evangelizadora con los jóvenes y catecúmenos que les encomendaron los misioneros hasta que, el 18 de septiembre de 1918, los mataron con sus lanzas los paganos en la aldea de Paimol, cerca de la misión de Kalongi (Uganda). Fueron beatificados el año 2002.
Beatos Fernando García Sendra y José García Mas. Los dos eran sacerdotes seculares de la diócesis de Valencia (España). Fernando nació en Pego (Alicante) en 1905. De pequeño entró en el seminario franciscano de Benissa (Alicante), pero tuvo que volver a casa por una enfermedad. Entró más tarde en el seminario diocesano de Valencia y se ordenó de sacerdote en 1931. Era un sacerdote celoso y padre para todos, enamorado de la Eucaristía, de la Virgen y de san José. Llegada la persecución religiosa, se retiró a casa de sus padres. Lo detuvieron el 18 de septiembre de 1936 y lo fusilaron en «La Pedrera», término de Gandía (Valencia); no murió en el acto, y después lo remataron los milicianos. José nació en Pego el año 1896. También se educó en los franciscanos y fue seminarista en Benissa, hasta que la enfermedad lo devolvió a su casa. Ingresó en el seminario diocesano de Valencia y recibió la ordenación sacerdotal en 1923. Después de ejercer el ministerio en otros destinos, lo nombraron capellán de la iglesia del Ecce-Homo de Pego, máxima devoción del pueblo. Destacó en particular por su atención a los pobres y enfermos. Lo detuvieron y en la cárcel se encontró con otros sacerdotes y religiosos. Lo asesinaron junto con el beato Fernando.
Beato José Kut. Nació en Slawin (Polonia) el año 1905. En 1924 ingresó en el seminario diocesano de Poznan y se ordenó de sacerdote en 1929. Ejerció el ministerio en varias parroquias. Era un sacerdote muy celoso y responsable. Llegada la guerra, su casa fue objeto de un brutal atentado por parte de un grupo de alemanes. Como él no se retiró de la parroquia, lo arrestaron el 6 de octubre de 1941, lo torturaron y lo llevaron al campo de exterminio de Dachau (Alemania), donde murió de miseria y extenuación el 18 de septiembre de 1942.
Beato Salvador Fernández Pérez. Nació en San Pedro de Creciente (Pontevedra, España) el año 1870. En 1891 hizo la profesión religiosa en los Salesianos de Don Bosco, y en 1896 recibió la ordenación sacerdotal. De carácter jovial, entusiasta, servicial, ejerció el sagrado ministerio con celo y espíritu de sacrificio. Al comenzar la persecución religiosa en julio de 1936 fue maltratado y detenido en Madrid. Puesto en libertad, buscó refugio. El 18 de septiembre de 1936 fue reconocido como sacerdote, detenido y fusilado en la capital de España.

                                                               

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:
Dijo Jesús a la gente y a sus discípulos: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvara» (Mc 8,34-35).

Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco en su Testamento: «A todos los sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo Cuerpo y su santísima Sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros» (Test 8-10).

Orar con la Iglesia:
Invoquemos a Dios, el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, y presentémosle humildes y confiados nuestras súplicas.
-Padre santo, que te revelaste en el Verbo encarnado, haz que cada día conozcamos mejor a tu Hijo, Dios y hombre verdadero.
-Padre celestial, que alimentas a las aves del cielo y engalanas la hierba del campo, da a todos los hombres el pan de cada día.
-Creador de todas las cosas, que nos has encomendado el cuidado tu obra, concede a los trabajadores disfrutar dignamente del fruto de su trabajo.
-Dios de bondad, que quieres la santificación y felicidad de todos tus hijos, concede abundante paz y misericordia a cuantos sufren.
Oración: Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
* * *
CREER EN JESÚS Y SEGUIRLO

Benedicto XVI, Ángelus del día 13-IX-2009
Queridos hermanos y hermanas:
En este domingo XXIV del tiempo ordinario (Ciclo B) la Palabra de Dios nos interpela con dos cuestiones cruciales que resumiría así: «¿Quién es para ti Jesús de Nazaret?». Y a continuación: «¿Tu fe se traduce en obras o no?». El primer interrogante lo encontramos en el Evangelio de hoy, cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29). La respuesta de Pedro es clara e inmediata: «Tú eres el Cristo», esto es, el Mesías, el consagrado de Dios enviado a salvar a su pueblo. Así pues, Pedro y los demás Apóstoles, a diferencia de la mayor parte de la gente, creen que Jesús no es sólo un gran maestro o un profeta, sino mucho más. Tienen fe: creen que en él está presente y actúa Dios.
Inmediatamente después de esta profesión de fe, sin embargo, cuando Jesús por primera vez anuncia abiertamente que tendrá que padecer y morir, el propio Pedro se opone a la perspectiva de sufrimiento y de muerte. Entonces Jesús tiene que reprocharle con fuerza para hacerle comprender que no basta creer que él es Dios, sino que, impulsados por la caridad, es necesario seguirlo por su mismo camino, el de la cruz (cf. Mc 8,31-33). Jesús no vino a enseñarnos una filosofía, sino a mostrarnos una senda; más aún, la senda que conduce a la vida.
Esta senda es el amor, que es la expresión de la verdadera fe. Si uno ama al prójimo con corazón puro y generoso, quiere decir que conoce verdaderamente a Dios. En cambio, si alguien dice que tiene fe, pero no ama a los hermanos, no es un verdadero creyente. Dios no habita en él. Lo afirma claramente Santiago en la segunda lectura de la misa de este domingo: «La fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Sant 2,17). Al respecto me agrada citar un escrito de san Juan Crisóstomo, uno de los grandes Padres de la Iglesia que el calendario litúrgico nos invita hoy a recordar. Justamente comentando el pasaje citado de la carta de Santiago, escribe: «Uno puede incluso tener una recta fe en el Padre y en el Hijo, así como en el Espíritu Santo, pero si carece de una vida recta, su fe no le servirá para la salvación. Así que cuando lees en el Evangelio: "Esta es la vida eterna: que te conozcan ti, el único Dios verdadero" (Jn 17,3), no pienses que este versículo basta para salvarnos: se necesitan una vida y un comportamiento purísimos».
Queridos amigos, mañana celebraremos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y al día siguiente la Virgen de los Dolores. La Virgen María, que creyó en la Palabra del Señor, no perdió su fe en Dios cuando vio a su Hijo rechazado, ultrajado y crucificado. Antes bien, permaneció junto a Jesús, sufriendo y orando, hasta el final. Y vio el alba radiante de su Resurrección. Aprendamos de ella a testimoniar nuestra fe con una vida de humilde servicio, dispuestos a sufrir en carne propia por permanecer fieles al Evangelio de la caridad y de la verdad, seguros de que nada de cuanto hagamos se pierde.
En el Evangelio proclamado este domingo hemos escuchado a san Pedro hacer una especial profesión de fe en Jesús: «Tú eres el Mesías». A lo que el Señor añade que su mesianismo y su misión redentora tienen que ir unidos al sacrificio de la cruz. Os invito hermanos a acoger con un corazón bien dispuesto el misterio pascual de Cristo, que nos une íntimamente a su Persona, en el amor desinteresado a los hermanos y en el servicio humilde a nuestro prójimo.
* * *
LA PERFECCIÓN CONSISTE EN EL AMOR DE DIOS
De las máximas de san José de Copertino
A toda persona piadosa le corresponde amar a Dios sobre todas las cosas, alabarle con sus palabras y distinguirse con el buen ejemplo. Quien desee emprender la vida de piedad o religiosa, sepa que sólo llegará a la perfección si logra el amor de Dios. Quien posee la caridad, aunque sea ignorante, se enriquece; careciendo de ella, nunca será feliz. Aprendamos del sol, que con los mismos rayos da verdor a las plantas y a la fronda de los árboles, manteniéndolos, sin embargo, a cada uno de ellos en su propia naturaleza: así la gracia de Dios, con la misma luz embellece al hombre con la perfección moral y también le enciende en el amor de caridad, haciéndole grato a sus ojos, y, sin dañar su naturaleza humana, le sublima.
Por otra parte, poseemos la voluntad, que el hombre puede ejercer a su pleno albedrío y que recibió su don gratuito del mismo Dios desde la creación, pero de la que tendrá que rendir estrecha cuenta a su Señor. Siempre que el hombre se ejercita en actos de virtud, ayudado de la divina gracia, de la que procede todo bien, tenga presente esto: que ejerciendo el pleno dominio de su libertad complace a Dios, pero, si renuncia a su voluntad para colocarse en los brazos amorosos del Señor, le agrada más y se perfecciona en mayor escala.
Como árbol fértil, que cultivado con esmero produce abundantes frutos, así también el hombre, esforzándose cuidadosamente en seguir las huellas de Cristo, cosechará obras consumadas de santidad y se enriquecerá de virtudes cristianas, que servirán a su vez de ejemplo y aliento al prójimo en el servicio de Dios. Es provechoso saber que es un signo especial de predilección, que Dios concede a los que ama, el soportar con valentía y por su amor las adversidades y contratiempos que ofrece la vida presente. Nuestro Señor Jesucristo fue el modelo perfecto, que sufrió acerbísimos dolores por nosotros, y nos dio ejemplo acabado, queriendo también asociarnos a su pasión con los nuestros. No olvides tampoco: si quieres ser oro, sólo la tribulación purifica las escorias; si hierro, también el sufrimiento desprende el orín.
Contempla las aves del cielo: para alimentarse necesitan bajar al suelo, pero se remontan pronto con vuelo veloz hacia las alturas. Del mismo modo, los siervos de Dios, cuando la necesidad les urja, que se ocupen de los asuntos de este mundo, pero a condición de que sepan elevarse cuanto antes con la mente hacia su Señor para alabarle y glorificarle. Fíjate de nuevo en las aves, las cuales también pisan tierras encenagadas, pero lo hacen con tanto cuidado que consiguen no enfangarse en ellas. De la misma forma, el hombre, que no se manche en lo que pueda inquietar el alma; manteniendo incontaminados los afectos del corazón, elévela hacia lo alto, y con santa operación glorifique al Altísimo Señor.
* * *
«LOS SIERVOS DE DIOS
HONREN A LOS CLÉRIGOS» (I)

por Kajetan Esser, OFM
En la vida de nuestro padre san Francisco destaca fuertemente su voluntad de vivir siguiendo en todo la forma del santo evangelio. Francisco quiso vivir la forma de vida que con su palabra y su vida entera nos proclamó Cristo, el Hombre-Dios. Y lo que nos ha ido explicando Francisco en sus Admoniciones no es otra cosa que «la vida del evangelio de Jesucristo» (1 R Pról 2). En ellas nos ha indicado desde distintos puntos de vista cómo el espíritu del evangelio debe penetrar, modelar y perfeccionar nuestra vida de cada día. Lo ha hecho, además, con un carisma arrebatador.
Pero, a diferencia de muchos contemporáneos suyos que también sentían una honda preocupación religiosa, Francisco no quiso vivir esta forma de vida a su arbitrio, según su propio criterio. Dichos contemporáneos estaban, sin duda, animados por un ideal, pero la pasión y el aferramiento a sus propias ideas los puso en conflicto con la Iglesia, de la que terminaron separándose. Francisco era conocedor de tales conflictos. Sus escritos, incluido su Testamento, nos muestran nítidamente cómo previó la posibilidad de que este peligro se infiltrara entre sus frailes. Por eso procuró muchas veces, y con gran solicitud, prevenirles del mismo.
Impulsado por esta inquietud coloca, para su vida y la de sus hermanos, junto a la «forma del santo evangelio» que Dios le había revelado (Test 14), la «forma de la santa Iglesia romana». En respuesta a la llamada de Dios quiere «seguir las huellas de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 1,1); pero también quiere seguir «las huellas venerandas» de la santa madre Iglesia (2 Cel 24). Como los cátaros de su tiempo, quiere vivir una vida según la forma evangélica; pero, a diferencia de ellos, quiere vivirla en la Iglesia y de acuerdo con la misma. La Admonición 26 es una expresión muy elocuente de esta preocupación de Francisco.
Antes que nada, indiquemos algo importante. Es evidente que Francisco no vivió después del concilio Vaticano II, sino en la baja Edad Media. Por eso, está firmemente persuadido de que la Iglesia es la madre que nos da la vida, la madre que nos instruye con la Palabra de Dios, la madre a la que debemos profesar una obediencia filial. Por eso, la madre Iglesia se le hace visible sobre todo en los acontecimientos sacramentales, en los sacerdotes, administradores de los misterios de Dios, en los «clérigos», como suele llamarlos en general. Su actitud hacia los «clérigos» preserva y pone en práctica su veneración y amor a la madre Iglesia. Su actitud hacia los «clérigos» confirma su obediencia y sumisión a la Iglesia. De ahí su obediencia al papa, así como al cardenal protector, por ser el representante del papa, su «papa» como él lo llamaba; de ahí su profundísima veneración a los obispos y sacerdotes. En estrecha unión con todos ellos y, por tanto, con la Iglesia es como Francisco quiere «observar el santo evangelio de nuestro señor Jesucristo», «siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica» (2 R 12,4). De esta gran preocupación suya es de lo que trata en la Admonición 26.
La «Iglesia», por tanto, no es para él algo etéreo, inconcreto y genérico, no es algo intangible y, en definitiva, inasible. Para Francisco la Iglesia se hace carne viva en los intermediarios de la salvación establecidos por Dios: los «clérigos». Por eso afirma:
Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven verdaderamente según la forma de la Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian! (Adm 26,1-2).

                                                                 

domingo, 21 de agosto de 2016

Evangelio Del 21 de Agosto del 2016 “Luchen por entrar por la puerta estrecha”

DOMINGO XXI ORDINARIO


21 de Agosto del 2016
“Luchen por entrar por la puerta estrecha”

LA PALABRA DE DIOS
Is 66, 18-21: “Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas.”
Así dice el Señor:
— «Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, pondré en medio de ellos una señal, y mandaré algunos de sus sobrevivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones.
Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos sus hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi monte santo de Jerusalén —dice el Señor— como los israelitas, en vasos purificados, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas» ―dice el Señor―.
Sal 116, 1.2: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”
Alaben al Señor, todas las naciones,
aclámenlo, todos los pueblos.
Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
Heb 12, 5-7. 11-13: “El Señor reprende a los que ama”
Hermanos:
Ustedes han olvidado la exhortación paternal que les dieron:
— «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, no te enfa­des por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos».
Acepten la corrección, porque Dios los trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?
Ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz.
Por eso, fortalezcan sus manos cansadas, robustezcan las rodillas temblorosas, y caminen por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.
Lc 13, 22-30: “Vendrán de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”
En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, reco­rría ciudades y pueblos enseñando.
Uno le preguntó:
— «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»
Jesús les dijo:
— «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, se quedarán afuera y llamarán a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él les contestará: “No sé quiénes son ustedes”.
Entonces comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nues­tras plazas”.
Pero él contestará: “No sé quiénes son ustedes. Aléjense de mí, malvados”.
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras ustedes habrán sido echados fuera. Y vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.
Miren: hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos».
APUNTES
El Señor va de camino a Jerusalén.
En el camino alguien se le acerca con una inquietud: «¿serán pocos los que se salven?». La pregunta implica, evidentemente, la posibilidad de quedar excluidos de la salvación. Pero, ¿qué hay que entender por “salvación”? ¿Salvarse de qué? ¿De la muerte? ¿O de algo que está más allá de la muerte? ¿No termina todo con la muerte? ¿Hay esperanza de vida más allá de la muerte? ¿Hay posibilidad de “perder” esa vida después de la muerte? El tema que plantea es ciertamente inquietante. Es una pregunta universal: se la hacen todos los hombres de todas las culturas y de todos los tiempos.
Los judíos creían en la existencia luego de la muerte. Para el Señor Jesús esa salvación consiste en ser admitidos al Reino de Dios. De acuerdo a la pregunta de aquél judío, y de acuerdo a la respuesta del Señor, no todos serán admitidos al Reino de Dios.
Acaso él ya tenía una respuesta y pensaba, como era creencia común entre los judíos, que únicamente se salvarían los hijos de Abraham, los circuncidados, los miembros del Pueblo elegido por Dios. De la salvación estarían excluidos todos los demás, los miembros de los pueblos llamados “gentiles”, pues ellos adoraban a ídolos incapaces de salvarlos. No queda claro si la pregunta obedece a un deseo de escuchar la opinión del Maestro en torno a una cuestión discutida entre las diferentes escuelas rabínicas o a un deseo de satisfacer una simple curiosidad personal.
El Señor Jesús no responde a la inquietante pregunta. No responde si se salvarán pocos o muchos. Sin embargo, aprovecha la pregunta para hacer una fuerte exhortación a cada uno de sus oyentes a mirar cada cual por su propia salvación y esforzarse decididamente por entrar por la puerta estrecha. Por qué entretenerse en si se salvarán muchos o pocos, cuando de lo que se trata es de mirar cada uno por su propia salvación?
La palabra griega agonizesthe, que se traduce literalmente por luchen, es una invitación al combate, a hacer el máximo esfuerzo por entrar por la puerta estrecha, es decir, por conquistar un bien que, aunque difícil y arduo de alcanzar, es posible. El mismo término lo utiliza San Pablo cuando exhorta a Timoteo: «Combate (agonizou) el buen combate de la fe» (1 Tim 6, 12). Es un esfuerzo que implica un celo persistente, enérgico, acérrimo y tenaz, que no se doblega ante las dificultades que se pueden presentar en la lucha. Implica también un entrar en competencia o luchar decididamente contra todo adversario.
El esfuerzo que hay que hacer es para «entrar por la puerta estrecha». Sobre esto San Mateo recoge una explicación más extensa que la de San Lucas: «porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran» (Mt 7, 13-14). Mientras la puerta estrecha lleva a la vida eterna, la puerta ancha lleva a la perdición, a la exclusión del Reino de los Cielos. El Señor advierte de la posibilidad de quedar fuera y dar a parar en el lugar donde «será el llanto y el rechinar de dientes», el lugar de la eterna ausencia de Dios, de la eterna “excomunión” de su amor.
Cuando el Señor invita a la lucha por entrar por la puerta estrecha, ¿debe entenderse que la salvación depende única y exclusivamente del esfuerzo personal? No. El Señor ciertamente acentúa en esta respuesta el hecho de la responsabilidad de cada cual, sin embargo, sería un gravísimo error leer este pasaje aisladamente. Siempre hay que tener en mente el conjunto de las enseñanzas del Señor. Así, en otro momento, ante la pregunta: «¿y quién se podrá salvar?», el Señor responde: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios» (Mc 10, 26-27; Lc 18, 26-27). La salvación es ante todo un don de Dios, pero requiere ser acogido. Dios espera la respuesta y cooperación humana. Acoge el don de la salvación y reconciliación quien permanece unido al Señor (ver Jn 15, 4-5), quien desde su insuficiencia coopera decididamente con la gracia divina, quien se empeña en pasar día a día por la “puerta estrecha”, que es Cristo mismo: «yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10, 7).
Luego de exhortar a todos a luchar esforzadamente por pasar por la puerta estrecha, el Señor cuestiona a quienes se creen muy seguros y confían que se encuentran dentro del número de los salvados por pertenecer al pueblo elegido. El Señor advierte que ser hijos de Abraham no es garantía de salvación (ver Mt 3, 9; Lc 3, 8; Jn 8, 33ss). Por otro lado, aquellos a quienes los judíos consideraban excluidos de la salvación por no pertenecer al pueblo de Israel, «se sentarán a la mesa en el Reino de Dios». La salvación la ofrece Dios a todos los hombres por igual. Es anunciada a todos los pueblos de la faz de la tierra ya desde antiguo por medio del profeta Isaías (ver 1ª. lectura). Dios vendrá «para reunir a las naciones de toda lengua».

Año Franciscano: Día 21 de agosto‏

SAN PÍO X, papa de 1903 a 1914. [Murió el 20 de agosto y su memoria se celebra el 21 del mismo mes]. José Sarto, que ese era su nombre de pila, nació en Riese (Treviso, Italia) el año 1835, de familia campesina. Estudió en el seminario de Padua y se ordenó de sacerdote en 1858. Ejerció diversos ministerios en su diócesis hasta que, en 1884, fue nombrado obispo de Mantua, y más tarde patriarca de Venecia. En 1903 fue elegido papa. Adoptó como lema de su pontificado «Instaurar todas las cosas en Cristo», consigna que, llevada a la práctica con espíritu de sencillez, pobreza y fortaleza, dio grandes frutos: impulsó la lectura de la Sagrada Escritura en lengua vulgar, alentó la participación en las celebraciones litúrgicas para las que renovó los libros y la música, promovió la ación misionera de los laicos, fomentó la primera comunión en edad temprana, publicó su Catecismo predicado antes por él mismo, simplificó la organización de la Curia, atajó los errores de su tiempo, combatió el modernismo. Murió en Roma el 20 de agosto de 1914.- Oración: Señor, Dios nuestro, que, para defender la fe católica e instaurar todas las cosas en Cristo, colmaste al papa san Pío de sabiduría divina y fortaleza apostólica, concédenos que, siguiendo su ejemplo y su doctrina, podamos alcanzar la recompensa eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
BEATA VICTORIA RASOAMANARIVO. Nació en Antananarivo, capital de Madagascar, el año 1848, en el seno de una familia pagana. Estaba emparentada con la familia real y era hija del comandante en jefe del ejército. En 1863 se convirtió al catolicismo y se bautizó. Al año siguiente la dieron en matrimonio a un hombre pagano, noble y rico, pero violento y de malas costumbres. Ella no quiso divorciarse, perdonó sus infidelidades y lo trató siempre con respeto y amor, y así consiguió que, en su lecho de muerte, se convirtiera y se bautizara. Fue protectora de la Iglesia, «padre y madre» para la comunidad católica, y colaboradora de los misioneros. Y cuando éstos fueron expulsados en 1883, socorrió con toda solicitud a los cristianos y defendió a la Iglesia ante las autoridades públicas. Murió en Antananarivo el 21 de agosto de 1894. Fue una mujer de profunda religiosidad, que pasaba muchas horas en la iglesia y se dedicó a innumerables obras de caridad en favor de los pobres, los prisioneros, los abandonados, los leprosos.
BEATO BRUNO ZEMBOL. Nació el año 1905 en Letownia, diócesis de Cracovia (Polonia), de padres campesinos. A los 17 años ingresó en los Franciscanos; terminada su formación y hecho el noviciado, profesó la Regla de San Francisco, como hermano laico, en 1928. Estuvo destinado en varios conventos, en los que ejerció sobre todo el oficio de cocinero. Tuvo como lema de su vida las palabas de san Francisco: «Grandes cosas prometimos, mayores nos están prometidas». En noviembre de 1937, los nazis lo arrestaron en Chelm Lubelski y lo encarcelaron en Lublin. A mitad de junio de 1940 lo confinaron en el campo de concentración de Sachsenhausen, y en diciembre del mismo año lo llevaron al de Dachau (Alemania), donde murió el 21 de agosto de 1942 agotado por las condiciones inhumanas del campo y las torturas. Es uno de los 108 Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999.
* * *
Santos Agatónico, Zótico y compañeros mártires. Según la tradición, Agatónico, Zótico y otros muchos cristianos sufrieron el martirio en diversos lugares de Tracia (en la actual Turquía) en el siglo III.
Santa Basa y sus hijos, mártires. Conmemoración de santa Basa y sus tres hijos, Teognio, Agapio y Pistio, que sufrieron el martirio durante la persecución de Diocleciano en el siglo IV. El de la madre tuvo lugar en la isla de Alone, y el de los hijos en Edesa, en la antigua Siria.
Santos Bernardo (Ahmed), María (Zaida) y Gracia (Zoraida). Son tres hermanos, naturales de Carlet (Valencia, España), que se convirtieron del Islam al Cristianismo. Bernardo, en un viaje a Cataluña, se convirtió y profesó como monje en el monasterio cisterciense de Poblet. Vuelto a su tierra natal, consiguió convertir a la fe cristiana a sus dos hermanas. Los tres fueron martirizados en Alcira (Valencia) el 21 de agosto de 1180.
Santa Ciríaca de Roma. Dama romana de gran religiosidad, que dio su nombre al cementerio de la Vía Tiburtina en el Campo Verano, que ella misma había cedido a la Iglesia. Siglo III/IV.
San Cuadrado. Obispo y mártir de Útica en África (en la actual Túnez). Ante la persecución, exhortó a sus fieles a afrontar con entereza el martirio y, en efecto, un grupo numeroso de ellos, clérigos y laicos, dieron fiel testimonio de Cristo y fueron martirizados (cf. día 18). Días después, también el obispo fue sacrificado como represalia contra la fe cristiana. Era el año 258.
San Euprepio. Primer obispo de la ciudad de Verona (Italia) en el siglo III/IV.
San José Dang Dinh (Nien) Vien. Nación en Tien-Chu (Vietnam) el año 1787 en el seno de una familia cristiana. Estudió en el seminario de Luc-Thuy y recibió la ordenación sacerdotal en 1821. Ejerció el ministerio en la comunidad de Dong-Bai, con mucha cautela ante la persecución religiosa del emperador Minh Mang, y con gran celo y provecho, hasta que lo arrestaron en 1838 por unas cartas, de carácter netamente religioso, que le interceptaron. Le exigieron que delatara al obispo y que apostatara pisoteando la cruz. Él se mantuvo firme en la fe a pesar de las torturas. Lo decapitaron en Hung-Yen 21 de agosto de 1838.
San Luxorio. Sufrió el martirio en Fordingiano, población de la isla de Cerdeña (Italia), en el siglo IV.
San Privado. Era obispo de Gévaudan, actual diócesis de Mende (Francia), cuando tuvo lugar la invasión de los alamanes, que perseguían a los cristianos. Privado se escondió en una gruta y se dedicó a la oración y el ayuno, implorando la misericordia de Dios. Cuando lo detuvieron, se negó a pedir a la guarnición de Grèce que se rindiera, a delatar a la comunidad cristiana y a adorar a los ídolos. Lo azotaron con tal crueldad, que murió poco después. Era el año 407.
San Sidonio Apolinar. Nació el año 431 en Lyon (Francia), en el seno de una familia rica de rango senatorial. Estudió en Lyon y Arlés. Contrajo matrimonio con Papialina, hijo del emperador Avito, y tuvieron cuatro hijos. El año 468 lo hicieron prefecto de la ciudad de Roma. Volvió a la Galia y en el 471 fue elegido obispo de Clermont-Ferrand (Auvernia). Era un hombre versado en las ciencias sagradas y profanas, que nos dejó poemas y cartas. Como verdadero padre de todos y doctor insigne, procuró el bien de sus fieles, y se opuso al rey arriano Eurico, que lo confinó junto a Carcasona. Murió hacia el año 479.
Beato Jorge Camilo García, Marista. Nació en Cuadros (León) en 1916. Emitió sus primeros votos el 15-VIII-1935 y enseguida lo destinaron al colegio San José de la calle Fuencarral de Madrid, donde se encargó de los alumnos más pequeños. Cuando los milicianos asaltaron el colegio el 20-VII-1936, estaba en cama, enfermo de tifus; no obstante, lo encarcelaron. A principios de 1937 lo dejaron en libertad. Tuvo que hacer el servicio militar; estando en un cuartel de Hortaleza, los jefes militares descubrieron que era un religioso y lo fusilaron el 21 de agosto de 1937 en el patio del cuartel. Tenía 21 años. Beatificado el 13-X-2013.
Beatos Juan Cuscó y Pedro Sadurní. Los dos eran miembros de la congregación Hijos de la Sagrada Familia, sacerdotes, competentes y apreciados profesores y educadores en diversos centros suyos. Cuando estalló la persecución religiosa, estaban de familia en el colegio San José, de Tremp (Lérida), del que el P. Juan era superior y director. Intentaron cruzar la frontera para marchar a Roma, pero fueron detenidos y encarcelados. El 21 de agosto de 1936 fueron asesinados en el cementerio de Lérida. Juan Cuscó nació en La Granada del Penedés (Barcelona) en 1872. Además de poseer excelentes cualidades pedagógicas, era buen confesor y director de almas. Pedro Sadurní nació en Vilanova i la Geltrú (Barcelona) en 1883. Dotado de un talento privilegiado, fue muy estimado como profesor de ciencias. Beatificados el 13-X-2013.
Beato Juan Vernet. Nació en Vilella Alta (Tarragona) en 1899. Ingresó en el seminario de Tarragona a los doce años, en 1921 hizo el servicio militar en África, fue ordenado sacerdote en 1926. Ejerció su ministerio en varios destinos, siendo último el de La Morera de Montsant. Afrontó con serenidad y valor la persecución religiosa, abandonado en las manos de Dios. Tuvo que marchar a su pueblo y refugiarse en una casita de campo con otro sacerdote. El 21 de agosto de 1936, cuando se dirigían a Montblanc, fueron detenidos los dos sacerdotes y asesinados con saña en Juncosa (Lérida). Beatificado el 13-X-2013.
Beato Ladislao Findysz. Nació en Polonia el año 1907. De joven ingresó en el seminario de Przemysl y recibió la ordenación sacerdotal en 1932. Ejerció su ministerio en sucesivas parroquias hasta llegar a la de San Pedro y San Pablo de Nowy Zmigrog. En octubre de 1944 fue expulsado con todos los habitantes del pueblo por los nazis. Regresó al año siguiente y se dedicó a reorganizar su feligresía y a ayudar a los necesitados. Las nuevas autoridades, comunistas, empezaron a molestarlo en 1952 y en noviembre de 1963 lo detuvieron y lo condenaron a dos años y medio de reclusión. En muy mal estado de salud se le permitió volver a casa, en la que murió el 21 de agosto de 1964. Fue beatificado como mártir el año 2005.
Beato Ramón Peiró Victori. Nació en Aiguafreda (Barcelona) el año 1891. Huérfano de padre, ingresó con su hermano, el beato mártir Miguel Peiró, en un Colegio de los Padres de la Sagrada Familia. En 1907 vistió el hábito de los Dominicos. Recibió la ordenación sacerdotal en 1915. Trabajó en varios centros dedicados a la formación de los futuros dominicos. Desde finales de 1927 estuvo su convento de Barcelona. Dirigió asociaciones, atendió a diferentes comunidades de religiosas, inculcó en los jóvenes la devoción a la Eucaristía y a la Virgen, era afable y sencillo con todos. En la guerra civil, lo detuvieron los milicianos, que lo fusilaron en el paraje «El Morrot», en la zona del puerto de Barcelona, el 21 de agosto de 1936.
Beato Salvador Estrugo Solves. Nació en Bellreguat, provincia de Valencia en España, el año 1862, en el seno de una familia de labradores. Ingresó de niño en el seminario de Valencia y recibió la ordenación sacerdotal en 1888. Ejerció el ministerio parroquial en varios pueblos y, a partir de 1931, fue capellán del Hospital de Alberique. A raíz de la persecución religiosa de 1936, quedó como único sacerdote en el pueblo, y con mucha discreción estuvo atendiendo a los feligreses, hasta que el 10 de agosto de 1936, fiesta de San Lorenzo, Patrón de Alberique, lo detuvieron los milicianos y lo condujeron a la cárcel, y allí lo asesinaron.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Dijo Jesús a Pedro en la Última Cena: -¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos (Lc 22,31-32).
Pensamiento franciscano:
Dice santa Clara en su Regla: -Las hermanas estén firmemente obligadas a tener siempre como gobernador, protector y corrector nuestro, al cardenal de la santa Iglesia Romana que haya sido asignado a los Hermanos Menores por el señor Papa, para que, siempre súbditas y sujetas a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe católica, guardemos perpetuamente la pobreza y la humildad de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre y el santo Evangelio, que firmemente hemos prometido (RCl 12,12-13).
Orar con la Iglesia:
Oremos al Señor, nuestro Dios, en la conmemoración de san Pío X, papa.
-Por la Iglesia, necesitada siempre de reforma en sus instituciones y de conversión en sus miembros.
-Por los presbíteros, colaboradores de los obispos, responsables de la misión pastoral en las diócesis.
-Por los laicos comprometidos en la acción misionera de la Iglesia.
-Por la multitud de los bautizados que viven al margen de la fe y de la Iglesia.
-Por todos los creyentes, llamados a participar en la solicitud pastoral de la Iglesia.
Oración: Escucha, Señor, nuestras súplicas, que hoy te dirigimos confiando en la valiosa intercesión de san Pío X, y concédenos lo que te pedimos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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SANTOS A LOS QUE INVOCAR E IMITAR
Catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del 20 de agosto de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
Cada día la Iglesia ofrece a nuestra consideración uno o más santos y beatos a los que invocar e imitar. En esta semana, por ejemplo, recordamos algunos muy apreciados por la devoción popular. San Juan Eudes (19), que frente al rigorismo de los jansenistas -en el siglo XVII- promovió una tierna devoción, cuyas fuentes inagotables indicó en los sagrados Corazones de Jesús y de María.
San Bernardo de Claraval (20), a quien el Papa Pío VIII llamó «doctor melifluo» porque destacaba en «hacer destilar de los textos bíblicos el sentido que se encontraba escondido en ellos». A este místico, deseoso de vivir sumergido en el «valle luminoso» de la contemplación, los acontecimientos lo llevaron a viajar por Europa para servir a la Iglesia en las necesidades de su tiempo y para defender la fe cristiana. Ha sido definido también como «doctor mariano», no porque haya escrito muchísimo sobre la Virgen, sino porque supo captar su papel esencial en la Iglesia, presentándola como el modelo perfecto de la vida monástica y de todas las demás formas de vida cristiana.
San Pío X (21), que vivió en un periodo histórico atormentado. De él Juan Pablo II dijo, cuando visitó su pueblo natal en 1985: «Luchó y sufrió por la libertad de la Iglesia, y por esta libertad se manifestó dispuesto a sacrificar privilegios y honores, a afrontar incomprensión y escarnios, puesto que valoraba esta libertad como garantía última para la integridad y la coherencia de la fe».
Santa María Reina (22), memoria instituida por el siervo de Dios Pío XII en el año 1954, y que la renovación litúrgica impulsada por el concilio Vaticano II puso como complemento de la festividad de la Asunción, ya que ambos privilegios forman un único misterio.
Y santa Rosa de Lima (23), la primera santa canonizada del continente latinoamericano, del que es patrona principal. Santa Rosa solía repetir: «Si los hombres supieran qué es vivir en gracia, no se asustarían de ningún sufrimiento y aguantarían con gusto cualquier pena, porque la gracia es fruto de la paciencia». Murió a los 31 años, en 1617, tras una breve existencia llena de privaciones y sufrimiento, en la fiesta del apóstol san Bartolomé, del que era muy devota porque había sufrido un martirio particularmente doloroso.
Así pues, queridos hermanos y hermanas, día tras día la Iglesia nos ofrece la posibilidad de caminar en compañía de los santos. Hans Urs von Balthasar escribió que los santos constituyen el comentario más importante del Evangelio, su actualización en la vida diaria; por eso representan para nosotros un camino real de acceso a Jesús. El escritor francés Jean Guitton los describía como «los colores del espectro en relación con la luz», porque cada uno de ellos refleja, con tonalidades y acentos propios, la luz de la santidad de Dios. ¡Qué importante y provechoso es, por tanto, el empeño por cultivar el conocimiento y la devoción de los santos, así como la meditación diaria de la palabra de Dios y el amor filial a la Virgen!
El período de vacaciones constituye un tiempo útil para repasar la biografía y los escritos de algunos santos o santas en particular, pero cada día del año nos ofrece la oportunidad de familiarizarnos con nuestros patronos celestiales. Su experiencia humana y espiritual muestra que la santidad no es un lujo, no es un privilegio de unos pocos, una meta imposible para un hombre normal; en realidad, es el destino común de todos los hombres llamados a ser hijos de Dios, la vocación universal de todos los bautizados. La santidad se ofrece a todos; naturalmente no todos los santos son iguales: de hecho, como he dicho, son el espectro de la luz divina. Y no es necesariamente un gran santo el que posee carismas extraordinarios. En efecto, hay muchísimos cuyo nombre sólo Dios conoce, porque en la tierra han llevado una vida aparentemente muy normal.
Precisamente estos santos «normales» son los santos que Dios quiere habitualmente. Su ejemplo testifica que sólo cuando se está en contacto con el Señor se llena uno de su paz y de su alegría y se es capaz de difundir por doquier serenidad, esperanza y optimismo. Considerando la variedad de sus carismas, Bernanos, gran escritor francés a quien siempre fascinó la idea de los santos -cita a muchos en sus novelas- destaca que «cada vida de santo es como un nuevo florecimiento de primavera».
Que esto nos suceda también a nosotros. Así pues, dejémonos atraer por la fascinación sobrenatural de la santidad. Que nos obtenga esta gracia María, la Reina de todos los santos, Madre y refugio de los pecadores.
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LA VOZ DE LA IGLESIA QUE RESUENA DULCEMENTE
San Pío X, Constitución apostólica «Divino Afflatu»
Es un hecho demostrado que los salmos, compuestos por inspiración divina, cuya colección forma parte de las sagradas Escrituras, ya desde los orígenes de la Iglesia sirvieron admirablemente para fomentar la piedad de los fieles, que ofrecían continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que confiesan su nombre, y que además, por una costumbre heredada del antiguo Testamento, alcanzaron un lugar importante en la sagrada liturgia y en el Oficio divino. De ahí nació lo que san Basilio llama «la voz de la Iglesia», y la salmodia, calificada por nuestro antecesor Urbano VIII como «hija de la himnodia que se canta asiduamente ante el trono de Dios y del Cordero», y que, según el dicho de san Atanasio, enseña, sobre todo a las personas dedicadas al culto divino, «cómo hay que alabar a Dios y cuáles son las palabras más adecuadas» para ensalzarlo. Con relación a este tema, dice bellamente san Agustín: «Para que el hombre alabara dignamente a Dios, Dios se alabó a sí mismo; y, porque se dignó alabarse, por esto el hombre halló el modo de alabarlo».
Los salmos tienen, además, una eficacia especial para suscitar en las almas el deseo de todas las virtudes. En efecto, «si bien es verdad que toda Escritura, tanto del antiguo como del nuevo Testamento, inspirada por Dios es útil para enseñar, según está escrito, sin embargo, el libro de los salmos, como el paraíso en el que se hallan (los frutos) de todos los demás (libros sagrados), prorrumpe en cánticos y, al salmodiar, pone de manifiesto sus propios frutos junto con aquellos otros». Estas palabras son también de san Atanasio, quien añade asimismo: «A mi modo de ver, los salmos vienen a ser como un espejo, en el que quienes salmodian se contemplan a sí mismos y sus diversos sentimientos, y con esta sensación los recitan». San Agustín dice en el libro de sus Confesiones: «¡Cuánto lloré con tus himnos y cánticos, conmovido intensamente por las voces de tu Iglesia que resonaba dulcemente! A medida que aquellas voces se infiltraban en mis oídos, la verdad se iba haciendo más clara en mi interior y me sentía inflamado en sentimientos de piedad, y corrían las lágrimas, que me hacían mucho bien».
En efecto, ¿quién dejará de conmoverse ante aquellas frecuentes expresiones de los salmos en las que se ensalza de un modo tan elevado la inmensa majestad de Dios, su omnipotencia, su inefable justicia, su bondad o clemencia y todos sus demás infinitos atributos, dignos de alabanza? ¿En quién no encontrarán eco aquellos sentimientos de acción de gracias por los beneficios recibidos de Dios, o aquellas humildes y confiadas súplicas por los que se espera recibir, o aquellos lamentos del alma que llora sus pecados? ¿Quién no se sentirá inflamado de amor al descubrir la imagen esbozada de Cristo redentor, de quien san Agustín «oía la voz en todos los salmos, ora salmodiando, ora gimiendo, ora alegre por la esperanza, ora suspirando por la realidad»?
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LA DEVOCIÓN MARIANA DE SAN FRANCISCO
6. VIVENCIA DE LA PIEDAD MARIANA
por Kajetan Esser, ofm
Las biografías destacan con acentos particulares la predilección de Francisco por los lugares marianos, por las iglesias puestas bajo la protección de la Virgen. Tres de estas iglesitas las restauró personalmente. La más significativa e importante para la vida futura de Francisco y de su orden fue la ermita de Santa María de los Angeles, cerca de Asís, llamada Porciúncula. El santo no se cansaba de contárselo a sus hermanos: «Solía decir que por revelación de Dios sabía que la Virgen santísima amaba con especial amor aquella iglesia entre todas las construidas en su honor a lo ancho del mundo, y por eso el santo la amaba más que a todas» (2 Cel 19). Este relato resalta inequívocamente que Francisco se afanaba con infantil sencillez en amar todo lo que sabía que María amaba. Y este amor era particularmente premiado precisamente en la Porciúncula. Por eso, lleno de confianza llevó a sus doce primeros hermanos a esta iglesita, «con el fin de que allí donde, por los méritos de la madre de Dios, había tenido su origen la orden de los menores, recibiera también -con su auxilio- un renovado incremento» (LM 4,5). Y aquí fijó su primera residencia, por su entrañable amor a la Madre bendita del Salvador. Y cuando se sintió morir, se hizo conducir allá, para morir «donde por mediación de la Virgen madre de Dios había concebido el espíritu de perfección y de gracia» (Lm 7,3).
Por así decirlo, quiso pasar toda su vida en la casa de María, para encontrarse siempre cerca de su solicitud maternal. Y lo deseó también para sus seguidores. Por eso, ya moribundo, recomendó de modo especialísimo a sus hermanos este lugar santo: «Mirad, hijos míos, que nunca abandonéis este lugar. Si os expulsan por un lado, volved a entrar por el otro» (1 Cel 106; cf. LM 2,8).
Sintiéndose muy íntimamente vinculado a la Madre de Dios y tan profundamente obligado con ella a lo largo de su vida, se mostraba particularmente agradecido: «Le tributaba peculiarmente alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana» (2 Cel 198). Como lo demuestran las rúbricas para el Oficio de la pasión, diariamente rezaba especiales «salmos a santa María» (OfP introducción), muy probablemente el así llamado Officium parvum beatae Mariae Virginis, compuesto ya en el siglo XII y que con frecuencia se rezaba juntamente con las horas canónicas. Enseñaba a sus hermanos a decir también el Ave María, en la forma breve de la edad media, cuando rezaban el Pater noster. Debían meditar particularmente las alegrías de María, «para que Cristo les concediese un día las alegrías eternas».
Parece que entre todas las fiestas de la Virgen, Francisco tenía predilección por la de la Asunción. Acostumbraba prepararse a ella con un ayuno especial de cuarenta días. Puede que se deba a él el que los hermanos de la penitencia (los terciarios) estuvieran dispensados de la abstinencia este día, como ocurría en las fiestas más grandes, si coincidía con alguno de los días que según la regla fueran de abstinencia. En esta fiesta debía prevalecer la alegría por el honor concedido a María.
Poseído por la más completa confianza en la Virgen, Francisco realizó obras maravillosas. Así, cierto día cogió unas migas de pan, las amasó con un poco de aceite tomado de la lámpara que «ardía junto al altar de la Virgen» y se lo mandó a un enfermo, que «por la fuerza de Cristo» curó perfectamente (LM 4,8). Se apareció también a una señora, aquejada por los dolores de un parto dificilísimo, y le dijo que rezara la «Salve, Regina misericordiae». Mientras la rezaba, dio felizmente a luz un niño (3 Cel 106). Aunque estos relatos pudieran ser dejados de lado por legendarios, demuestran cuando menos hasta qué punto los contemporáneos de Francisco apreciaban su confianza en María y con qué delicadeza la han asociado a su imagen.
La piedad mariana de Francisco, acuñada en muchos detalles por la corriente de la tradición cristiana, pero nacida especialmente de la espiritualidad de este gran santo, fue recogida vitalmente por su orden, y transmitida a través de los siglos. Si un examen más amplio y una reflexión más profunda han aportado algunas novedades y han introducido algunas diferencias, con todo permanecen como columnas firmes aquellas verdades que Francisco transmitió con tanta convicción a los hermanos menores: María es la madre de Jesús, y, como tal, es el instrumento escogido por la Trinidad para su obra de salvación; María es la «Señora pobre», y, como tal, la protectora de la orden. Su culto en la historia es la actualización de una corta y admirable oración compuesta por Tomás de Celano: «¡Ea, abogada de los pobres!, cumple en nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre» (2 Cel 198).
 

Fuente http://www.franciscanos.org/agnofranciscano/m08/dia0821.html

domingo, 14 de agosto de 2016

“He venido a prender fuego sobre la tierra”

14 de Agosto del 2016
“He venido a prender fuego sobre la tierra”

LA PALABRA DE DIOS
Jeremias 38, 4-6.8-10: “Se apoderaron de Jeremías y lo echaron a la cisterna”
En aquellos días, los príncipes dijeron al rey:
— «Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con seme­jantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia».
Respondió el rey Sedecías:
— «Lo dejo en sus manos, pues el rey no puede oponerse a los deseos de ustedes».
Ellos se apoderaron de Jeremías y lo arrojaron en el pozo del príncipe Malquías, ubicado en el patio de la guardia, descol­gándolo con sogas. En el pozo no había agua, sino lodo, y Jere­mías se hundió en el lodo.
Ebedmelek salió del palacio y habló al rey:
— «Mi rey y señor, esos hombres han tratado muy mal al profeta Jeremías, arrojándolo al pozo, donde morirá de ham­bre, porque no queda pan en la ciudad».
Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita:
— «Toma tres hombres a tu mando, y saquen al profeta Jeremías del pozo, antes de que muera».

Salmo 39, 2-4.18: “Señor, date prisa en socorrerme”
Yo esperaba con ansia al Señor;
y Él se inclinó y escuchó mi grito.
Me levantó de la fosa fatal,
de la charca fangosa;
afianzó mis pies sobre roca,
y aseguró mis pasos.
Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos
y confiaron en el Señor.
Yo soy pobre y desgraciado,
pero el Señor cuida de mí;
tú eres mi auxilio y mi liberación:
Dios mío, no tardes.




Hebreos 12, 1-4: “Jesús soportó la Cruz sin miedo a la ignominia”
Hermanos:
Ya que estamos rodeados de una innumerable nube de tes­tigos, dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos con perseverancia la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de nuestra fe; el cual, renunciando al gozo inmediato, soportó la Cruz, sin tener en cuenta la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.
Recuerden al que soportó tanta oposición de los pecadores y no se cansen ni se dejen vencer por el desaliento. Ustedes no han llegado todavía a derramar la sangre en la lucha contra el pecado.

Evangelio Según San Lucas 12, 49-53:
“No he venido a traer paz, sino división”
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo he venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres con­tra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».



«He venido a prender un fuego sobre la tierra…» 
El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12, 49). En forma de lenguas «como de fuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hech 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. «No extingáis el Espíritu» (1 Tes 5, 19).