Comparto una Pelicula, que la primera vez que la vi, quede mas impresionado de la espiritualidad de Francisco y Clara, de la umildad, de la entrega, del amor al progimo, del olvidarse de si mismo...
Esta película me la presto la Hermana Esthela Ninet, Hermana de la Fraternidad Eclesial Franciscana. La cual supo entusiasmarme aun mas con San Francisco y su Espiritualidad! Tambien comparto el blog donde la Hermana traza sus notas en torno al Evangelio, Vitaminas Franciscanas . Título original: Chiara e Francesco (TV) Año: 2007 Duración: 200 min. País: Italia Director: Fabrizio Costa Guión: Francesco Arlanch Música: Marco Frisina Fotografía: Giovanni Galasso Reparto: Ettore Bassi, Maria P. Petruolo, Gabriele Cirilli, Ivano Marescotti, Luigi Diberti, Antonella Fattori, Luca Biagini, Fabrizio Bucci, Lando Buzzanca, Fabio Camilli, Diego Casale, Lorenzo De Angelis, Eleonora Di Miele, Camilla Diana, Ángela Molina, Roberto Nobile, Ignazio Oliva Productora: Lux Vide / Rai Fiction Género: Drama | Histórico. Siglo XIII. Telefilm Sinopsis: Italia, siglo XIII. La historia de amistad de dos jóvenes que dedicaron sus vidas a Dios y a los demás: San Francisco y Santa Clara de Asís. Hijos de la burguesía y la nobleza, respectivamente, renunciaron a sus vidas acomodadas por una vida de sacrificio, humildad y proselitismo...
Luego del
arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se dirigió a Galilea». Mas no
retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que
«se estableció en Cafarnaúm». Cafarnaúm era una ciudad floreciente
ubicada en la ribera noroeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado Cefas (Pedro) por el Señor, y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.
En Cafarnaúm el Señor estableció su
“centro de operaciones”. Pedro lo hospedaba en su casa, y allí acudía
mucha gente para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y
para ser curados (ver Mc 1,29.32ss). Desde allí iba y venía
recorriendo «toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el
Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo».
Con el inicio de su predicación y
ministerio público en Galilea el Señor Jesús da cumplimiento a una
antigua profecía: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al
otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en
tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de
muerte, una luz les brilló». La primera lectura es continuación de este
pasaje tomado del profeta Isaías, citado por el Evangelista.
Zabulón y Neftalí eran dos de las doce
tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo
en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una
región ubicada al norte de la Palestina, calificada en los tiempos de
Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los
pueblos extranjeros y a sus habitantes. Ya que no adoraban al Dios
verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Al
territorio de Galilea se le llamaba tierra de gentiles puesto que muchos
inmigrantes paganos habitaban allí, mezclados con la población judía.
En cuanto al relato de la predicación
inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su
primera exhortación es un llamado a la conversión: «Conviértanse,
porque está cerca el Reino de los Cielos». El mensaje del Señor busca en
primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios,
fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus
hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder
para restituir la comunión entre Dios y los hombres, para restituir la
vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión.
Su misión se asemeja a la pesca: se
trata de arrancar a los seres humanos de las profundidades del mar, que
para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El
Señor ha venido a devolver al ser humano a su hábitat natural, a
restituir su condición humana y a elevarlo a la participación de la vida
divina. Dios, en Jesucristo, sale al encuentro de su criatura humana.
Pero no basta el Don de la Reconciliación: también es necesaria su
acogida, la respuesta que se verifica en la conversión del hombre, en su
decisión de volver a Dios, en el compromiso decidido por abandonar el
mal para caminar a la luz del Señor.
El Señor Jesús dio comienzo a la
predicación de la Buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque
está cerca el Reino de los Cielos». Este Reino «brilla ante los hombres
en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo... Los milagros
de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra... Pero,
sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo
de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).
Luego de este llamado a la conversión
que el Señor hace a todos encontramos en el relato evangélico la
narración de un llamado muy particular que el Pescador de hombres por
excelencia dirige a algunos: «Vengan, síganme, y los haré pescadores de
hombres». A Simón, a Andrés, a Santiago y a Juan los invita a dejarlo
todo y seguirlo de cerca, con la promesa de hacer de ellos pescadores de
hombres.
La respuesta de aquellos cuatro hombres
es impactante: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron...
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Responden
al llamado con prontitud, con radicalidad, sin aferrarse ni a su
trabajo, ni a sus proyectos personales, ni a los profundos y fuertes
lazos familiares.
Queda manifiesto que desde el inicio de
su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión
reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se
circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando
también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el
Señor «a anunciar el Evangelio» (2ª. lectura). De esta manera la
Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e
instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y
el principio de ese Reino» (Lumen gentium, 5).
“Entonces comenzó Jesús a predicar”
LA PALABRA DE DIOS
Is 9,1-14: “El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”
En otro tiempo el Señor humilló al país
de Zabulón y al país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el
camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio
una gran luz; a los que habitaban tierra de sombras, una luz les brilló.
Hiciste grande la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu
presencia, como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el
botín. Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que
pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del
opresor que los hería.
Sal 26,1-4,13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.
1Cor 1,10-13.17: “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio”
Hermanos, en nombre de nuestro Señor
Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y no haya divisiones entre
ustedes. Vivan en armonía con un mismo pensar y sentir.
Hermanos, me he enterado por los de la
familia de Cloe que hay discordias entre ustedes. Y por eso les hablo
así, porque andan divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo», «yo soy de
Apolo», «yo soy de Pedro», «yo soy de Cristo».
¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por ustedes? ¿Han sido bautizados en nombre de Apolo?
Porque no me envió Cristo a bautizar,
sino a anunciar el Evangelio, y no con sabios discursos, para no hacer
ineficaz la cruz de Cristo.
Mt 4,12-23: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino”
Al enterarse Jesús que habían
encarcelado a Juan, se dirigió a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció
en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así
se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El
pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban
en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
— «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Caminando a orillas del mar de Galilea,
vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su
hermano, que estaban echando la red, pues eran pescadores. Les dijo:
— «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo
siguieron. Un poco más adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago,
hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca reparando las redes
con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron
la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las
sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las
enfermedades y dolencias del pueblo.
Is 49,5-6:
“Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación”
El Señor me dijo:
— «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me gloriaré».
Y ahora habla el Señor, que desde el
vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le
reuniese a Israel —tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza—:
— «No basta que seas mi siervo y
restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de
Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta
el último extremo de la tierra».
Sal 39,2-10:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
Yo esperaba con ansia al Señor;
Él se inclinó y escuchó mi grito;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy».
Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad».
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.
1Cor 1,1-3:
“Gracia y paz a ustedes de parte de Dios”
Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de
Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano,
escribimos a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los consagrados
por Cristo Jesús y llamados a formar su pueblo santo, junto a todos
aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor
de ellos y nuestro.
Gracia y paz a ustedes de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Jn 1,29-34:
“Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios”
En aquel tiempo, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó:
— «Éste es el Cordero de Dios, que quita
el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: “Detrás de mí
viene uno que es superior a mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo
conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que el pueblo de
Israel lo conozca».
Y Juan dio testimonio diciendo:
— «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre Él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a
bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y
posarse sobre Él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que Él es el Hijo de Dios».
En
el Antiguo Testamento es frecuente designar al pueblo de Israel como
“siervo de Dios” y a sus miembros como “siervos de Dios”. Israel ha sido
liberado por Dios de la servidumbre y esclavitud y ha sido invitado a
servirlo libremente: «si no os parece bien servir a Dios, elegid hoy a
quién habéis de servir, o a los dioses a quienes servían vuestros padres
más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis
ahora» (Jos 24,15). De este modo increpa Josué a los israelitas
una vez que entran finalmente en la tierra prometida, luego de haber
sido liberados de la esclavitud de Egipto y marchar cuarenta años por el
desierto. Hacerse siervo de Dios implicaba ser fiel a la
Alianza sellada por Dios con Israel, ser fiel a la Ley dada por Dios a
Moisés, aceptar libre y amorosamente su divino Plan.
El profeta Isaías (1ª. lectura) se
reconoce a sí mismo como siervo de Dios. Ésa es su identidad más
profunda, una realidad grabada por Dios en lo más profundo de su ser en
el momento mismo de su concepción: «desde el vientre me formó siervo
suyo». Identidad y vocación (del latín “vocare”, que se traduce como
“llamado”) van de la mano. El haber sido hecho por Dios para ser su
siervo implica un llamado por parte de Dios para cumplir una misión. El
elegido es libre de aceptar o rechazar ese llamado, para bien de muchos o
para perdición del pueblo. Ese llamado Isaías lo aceptó con docilidad y
generosidad: «Percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y
quién irá de parte nuestra”? Dije: “Heme aquí: envíame”» (Is
6,8). De la aceptación y fiel cumplimiento de su misión depende la
reconciliación del Israel con Dios. Más aún, de la fidelidad a su
vocación —que no es otra cosa que la fidelidad a su propia y más
profunda identidad— y a su misión depende también que la salvación de
Dios «alcance hasta el último extremo de la tierra».
En este importante pasaje aparece clara una teología de la vocación:
cada cual nace con una vocación, sellada por Dios en lo más profundo de
su ser. Esta vocación, este “estar hecho por Dios para algo”, implica
una misión y tarea que cumplir en el mundo. Su aceptación trae la
realización humana al llamado y la salvación para todos lo que dependen
de su fiel respuesta al Plan de Dios. En cambio, la rebeldía y rechazo
de la propia vocación y misión dada por Dios traen al llamado un
profundo desgarro interior, falta de paz, sufrimiento, así como un vacío
que nadie podrá llenar en el mundo.
Además del llamado particular que Dios
hace a cada uno, existe un llamado universal: todo ser humano es el
llamado a ser santo (2ª. lectura). La santidad es realizar en sí mismo
el amoroso proyecto divino que es cada cual. Dios crea al ser humano en
vistas a su propia realización, que se da en la participación de su
comunión divina de amor. Mas cada cual debe responder desde su libertad
si acepta o no esta invitación de Dios, si confía en Él o prefiere
confiar en ídolos vacíos, si lo sirve a Él y su amoroso Plan de
Reconciliación o si prefiere servir a los ídolos del poder, del placer y
del tener. Estos ídolos, aunque prometen la felicidad al ser humano, no
hacen sino llevarlo al fracaso existencial, a la propia destrucción. La
santidad es respuesta afirmativa a Dios y a su amor, es un “sí” dado
por la criatura al Creador, pero también y ante todo es un don recibido
por Cristo: quienes están llamados a ser santos han sido también
«santificados en Cristo Jesús». Es a ese don al que cada cristiano
deberá responder desde la propia libertad rectamente ejercida.
También el Señor Jesús tiene una
vocación y misión que cumplir en el mundo. Él está llamado a realizar
plenamente aquello que Dios revela a Isaías: «No basta que seas mi
siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los
supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi
salvación alcance hasta el último extremo de la tierra». Él, el Hijo del
Padre, es el Siervo de Dios por excelencia que proclama con toda su
vida y su ser: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad» (Salmo), para
cumplir tu Plan, para llevar a cumplimiento tus amorosos designios
reconciliadores.
Juan el Bautista da testimonio de Jesús y lo presenta ante el pueblo de Israel como Aquel que es el Cordero de Dios que ha venido a quitar el pecado del mundo. Juan revela de este modo Su identidad y misión. Al señalar al Señor Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo
trae a la memoria aquel macho cabrío que luego de ser “cargado” con los
pecados de Israel debía ser enviado a morir al desierto, expiando de
ese modo los pecados del pueblo (ver Lev 16,21-22). También
hace referencia a los corderos que eran continuamente ofrecidos como
expiación por los pecados cometidos por los israelitas contra la Ley de
Dios (ver Lev 4,27ss).
Por otro lado es interesante notar que la palabra hebrea usada para designar a un cordero puede significar también “siervo”. El Cordero de Dios es también el Siervo de Dios
por excelencia, y justamente en la medida en que como Siervo responde a
su vocación y cumple amorosamente con la misión confiada por su Padre
llega a ser el Cordero que se inmola a sí mismo en el Altar de la Cruz
para quitar el pecado del mundo, para reconciliar a la humanidad entera
con Dios (ver 2Cor 5,19). De este modo la salvación de Dios
alcanza «hasta el último extremo de la tierra», a los hombres y mujeres
de todos los pueblos y tiempos.
Estamos a poco más de un mes de celebrar la
Navidad. En este marco la Iglesia de Montevideo llevará adelante la
campaña Navidad con Jesús que intenta renovar el sentido cristiano de la
celebración. El portal ICM se puso en contacto con el Vicario Pastoral
de la Arquidiócesis de Montevideo, el Padre Daniel Kerber, para conocer
las propuestas de la campaña. Para el sacerdote la Navidad es “la fiesta cristiana más presente en
nuestra cultura”, pero a su vez “está siendo vaciada de su verdadero
contenido: Jesús que nace para nosotros”. Con la campaña Navidad con
Jesús se busca“ colaborar a recristianizar de alguna manera” en las
comunidades parroquiales y en las familias.
Las cinco propuestas para poner a Jesús en el Centro
El programa se desarrollará a través de cinco propuestas. La primera
es la realización de una Novena de la Inmaculada Concepción con el rezo
del Rosario de la Aurora en cuatro puntos diferentes de la ciudad: la
Rambla de la Aduana de Oribe (encabezado por el Cardenal Daniel Sturla),
en la Gruta de Lourdes en Avenida de las Instrucciones, en la Parroquia
de la Medalla Milagrosa en la Unión y en el Santuario Nacional María
Auxiliadora de Villa Colón, en Avenida Lezica. Otra
de las propuestas es la distribución y colocación de balconeras con la
imagen de “Navidad con Jesús”. Se trata de un ícono de la Sagrada
Familia en el Pesebre de Belén. El costo de las balconeras es de $ 200 y
se puede acceder a ellas en las comunidades parroquiales, colegios y la librería Lea
Según en Vicario Pastoral esto ayudará a que Jesús sea “públicamente
visible como la figura central de la Navidad”, porque muchas veces son
otras las imágenes asociadas a la fiesta. Se insta a colocar las
balconeras el día 8 de diciembre (Solemnidad de la Inmaculada
Concepción) y mantenerlas visibles hasta el 8 de enero de 2017
(Solemnidad del Bautismo del Señor) día de finalización del Tiempo de
Navidad. El Padre Daniel nos contó que la tercera propuesta es la entrega de
un subsidio para rezar en familia, en la Cena de Nochebuena, que será
entregado en las parroquias y los colegios de Montevideo. “La idea es
que la familia tenga un espacio celebrativo concreto, de no más de 10
minutos, alrededor de la mesa de Navidad”, que se recuerde el verdadero
motivo de la fiesta. Como cuarta iniciativa se promoverá la bendición del “Niño Jesús”
para colocar en los pesebres en las misas del sábado 17 y domingo 18 de
diciembre. Es en definitiva “llevar a Jesús a casa y que ocupe un lugar
relevante en nuestra vida” puntualizó el Padre Kerber. La última de las propuesta es la promoción o realización de una obra
de misericordia (desde visitas a casas de salud y hospitales, hasta
reparto de canastas navideñas) por parte de cada comunidad parroquial,
colegio o movimiento. El Vicario Pastoral recordó que “Dios nos dio su
único Hijo” y que a ese acto de misericordia absoluta sólo se puede
responder con misericordia.
La Santa Sede anuncia que el lunes se hará pública la carta apostólica Misericordia et Misera del papa Francisco
El Vaticano informó hoy que el próximo lunes 21
de noviembre, en la Sala de Prensa de la Santa Sede, se presentará la
carta apostólica Misericordia et Misera del papa Francisco.
(Aica) La publicación del documento pontificio coincide con la clausura del Año Santo de la Misericordia, que concluirá el domingo con el cierre de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro. La Santa Sede precisó en el comunicado que en la presentación de la nueva carta apostólica participará el presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Mons. Rino Fisichella.
“Postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias”
LA PALABRA DE DIOS
Lectura de el Segundo Libro de Reyes 5,14-17:
“Naamán quedó limpio y se volvió a Eliseo”
En aquellos días, Naamán, general del
ejército del rey de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como
había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra,
como la de un niño.
Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo:
— «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta, te lo ruego, un regalo de tu servidor».
Eliseo contestó:
— «¡Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada!»
Y aunque Naamán insistió, Eliseo se negó a aceptar. Naamán dijo:
— «Entonces, permite que me den un poco
de esta tierra que puedan cargar un par de mulas; porque en adelante tu
servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera
del Señor».
Salmo 97,1-4:
“El Señor revela a las naciones su salvación”
Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.
El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.
Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen.
Segunda Carta de Timoteo 2,8-13:
“Si sufrimos con Cristo, reinaremos con Él”
Querido hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido de la descendencia de David.
Éste ha sido mi Evangelio, por el que
sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios
no está encadenada.
Por eso lo soporto todo por los
elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por
Cristo Jesús, con la gloria eterna.
Es doctrina segura: Si con Él morimos,
viviremos con Él. Si somos constantes, reinaremos con Él. Si lo negamos,
también Él nos negará. Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no
puede negarse a sí mismo.
Evangelio de nuestro Señor según San Lucas 17,11-19:
“Quedaron limpios los diez”
Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba
entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su
encuentro diez leprosos, que se detuvieron a cierta distancia y a
gritos le decían:
— «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos les dijo:
— «Vayan y preséntense a los sacerdotes».
Y, mientras iban de camino, quedaron
limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a
Dios a grandes gritos y postrándose rostro en tierra a los pies de
Jesús, le daba gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo:
— «¿No han quedado limpios los diez? Los
otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para
dar gloria a Dios?»
Y le dijo:
— «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».
Refleccion
En el pueblo judío toda enfermedad de la piel, incluida la lepra, era llamada castigo o “azote de Dios” (Núm 12,98; Dt
28,35) y era considerada como “impureza”. La lepra era entendida como
un castigo recibido por el pecado cometido ya sea por el mismo leproso o
por sus padres. Rechazado por Dios el leproso debía también ser
rechazado por la comunidad. La Ley sentenciaba que todo leproso «llevará
los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el
bigote e irá gritando: “¡Impuro, impuro!” Todo el tiempo que dure la
llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento
tendrá su morada» (Lev 13,45-46).
En su marcha a Jerusalén el Señor se
encuentra a diez leprosos en las afueras de un pueblo. Estos leprosos,
al ver a Jesús, en vez de gritar el prescrito “impuro, impuro”, le
suplican a grandes voces: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!».
Sin duda, la fama del Señor ha llegado a sus oídos. Han escuchado
hablar de Él, de sus milagros, de sus curaciones. Se dirigen a Él como
“Maestro”, es decir, como a un hombre de Dios que guarda la Ley y la
enseña, como un hombre justo, venido de Dios. Al verlo venir, brilla en
estos diez leprosos la esperanza de poder también ellos encontrar la
salud, de verse liberados de este “castigo divino”, de verse purificados
de sus pecados y de ser nuevamente acogidos en la comunidad.
Como respuesta a su súplica el Señor les
dice: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Los sacerdotes, que
tenían la función de examinar las enfermedades de la piel y declarar
“impuro” al leproso (ver Lev 13,9ss), también debían declararlo “puro” en caso de curarse y autorizar su reintegración a la comunidad.
Confiando en el Señor se pusieron en
marcha. Esperaban ser curados y poder presentarse “limpios” ante los
sacerdotes. En algún punto del camino «quedaron limpios», es
decir, curados no sólo de la lepra sino también purificados de sus
pecados. Uno de ellos, al verse curado, de inmediato «se volvió alabando
a Dios a grandes gritos». Los otros nueve debieron presentarse ante los
sacerdotes según la indicación del Señor Jesús y según lo establecía la
Ley.
El que volvió para presentarse ante el
Señor y no ante los sacerdotes era un “extranjero”, un samaritano.
Podemos suponer que los nueve restantes eran judíos. A pesar del odio
que dividía a judíos y samaritanos, la desgracia común los había unido.
La solidaridad había brotado en medio del dolor compartido.
Podemos preguntarnos: ¿Por qué parece
reprochar el Señor a los que no vuelven, si Él mismo les había mandado
presentarse ante los sacerdotes? ¿No estaban obedeciéndole acaso? ¿No
podrían sentirse obligados por las mismas instrucciones del Señor? ¿Por
qué habrían de volver a Él para dar gloria a Dios?
Podemos ensayar una respuesta: en los Evangelios los milagros del Señor Jesús son siempre signos
o manifestaciones de su origen divino. El milagro obrado por Cristo
revela e invita a reconocer que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo,
Dios mismo que se ha hecho hombre para salvar a su pueblo de sus pecados (ver Mt
1,21). En un primer momento los diez leprosos ven a Jesús como un
Maestro, como un hombre santo. Tienen fe en Él y por eso obedecen a su
mandato, hacen lo que Él les dice. Mas al verse milagrosamente curados,
sólo uno se deja inundar por la experiencia sobrenatural, se abre al signo
que lo lleva a reconocer en el Señor al Salvador del mundo. El
samaritano reconoce la divinidad de Cristo, y por eso regresa para darle
gracias como Dios que es, y se presenta ante quien es el Sumo Sacerdote
por excelencia. Sólo a este samaritano, que lleno de gratitud se postra
ante Él en gesto de adoración, le dice el Señor: «tu fe te ha salvado».
La fe en el Señor Jesús no sólo es causa de su curación física, sino
también de una curación más profunda: la del perdón de sus pecados, la
de la reconciliación con Dios. Aquel samaritano creyó que la salvación
venía por el Señor Jesús (ver 2ª. lectura).
La ingratitud de los otros nueve
consistiría en que, siendo judíos, miembros del pueblo elegido que
esperaba al Mesías, a pesar de este signo no reconocen al Señor
como aquel que les ha venido a traer no sólo la salud física, sino
también la liberación del pecado y la muerte, la salvación y
reconciliación con Dios.
San Francisco: hombre de la escucha, del encuentro y de la acogida Queridos hermanos,¡El Señor les dé la paz!
Al celebrar la fiesta de nuestro santo fundador, padre y hermano
Francisco, nos sentimos nuevamente fascinados por su persona, su acción y
su mensaje. San Francisco, con su radicalidad evangélica y su
autenticidad humana, con su simpatía y cortesía fraternal con todas las
demás realidades que lo rodeaban, fue promotor e inspirador de
humanidad, de un vínculo profundo de amor y respeto con la Iglesia, la
sociedad y la creación entera.