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sábado, 28 de enero de 2017

Pelicula Clara y Francisco en Español.

Comparto una Pelicula, que la primera vez que la vi, quede mas impresionado de la espiritualidad de Francisco y Clara, de la umildad, de la entrega, del amor al progimo, del olvidarse de si mismo...


Esta película me la presto la Hermana Esthela Ninet, Hermana de la Fraternidad Eclesial Franciscana. La cual supo entusiasmarme aun mas con San Francisco y su Espiritualidad! Tambien comparto el blog donde la Hermana traza sus notas en torno al Evangelio, Vitaminas Franciscanas .
Título original: Chiara e Francesco (TV)
Año: 2007
Duración: 200 min.
País: Italia
Director: Fabrizio Costa
Guión: Francesco Arlanch
Música: Marco Frisina
Fotografía: Giovanni Galasso
Reparto: Ettore Bassi, Maria P. Petruolo, Gabriele Cirilli, Ivano Marescotti, Luigi Diberti, Antonella Fattori, Luca Biagini, Fabrizio Bucci, Lando Buzzanca, Fabio Camilli, Diego Casale, Lorenzo De Angelis, Eleonora Di Miele, Camilla Diana, Ángela Molina, Roberto Nobile, Ignazio Oliva
Productora: Lux Vide / Rai Fiction
Género: Drama | Histórico. Siglo XIII. Telefilm
Sinopsis: Italia, siglo XIII. La historia de amistad de dos jóvenes que dedicaron sus vidas a Dios y a los demás: San Francisco y Santa Clara de Asís. Hijos de la burguesía y la nobleza, respectivamente, renunciaron a sus vidas acomodadas por una vida de sacrificio, humildad y proselitismo... 


Fraterno abrazo de Paz y Bien.

jueves, 19 de enero de 2017

Domingo III Ordinario 22 de Enero del 2017

Luego del arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se dirigió a Galilea». Mas no retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que «se estableció en Cafarnaúm». Cafarnaúm era una ciudad floreciente ubicada en la ribera noroeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado Cefas (Pedro) por el Señor, y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.
En Cafarnaúm el Señor estableció su “centro de operaciones”. Pedro lo hospedaba en su casa, y allí acudía mucha gente para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y para ser curados (ver Mc 1,29.32ss). Desde allí iba y venía recorriendo «toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo».
Con el inicio de su predicación y ministerio público en Galilea el Señor Jesús da cumplimiento a una antigua profecía: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». La primera lectura es continuación de este pasaje tomado del profeta Isaías, citado por el Evangelista.
Zabulón y Neftalí eran dos de las doce tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una región ubicada al norte de la Palestina, calificada en los tiempos de Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los pueblos extranjeros y a sus habitantes. Ya que no adoraban al Dios verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Al territorio de Galilea se le llamaba tierra de gentiles puesto que muchos inmigrantes paganos habitaban allí, mezclados con la población judía.
En cuanto al relato de la predicación inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su primera exhortación es un llamado a la conversión: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos». El mensaje del Señor busca en primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios, fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder para restituir la comunión entre Dios y los hombres, para restituir la vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión.
Su misión se asemeja a la pesca: se trata de arrancar a los seres humanos de las profundidades del mar, que para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El Señor ha venido a devolver al ser humano a su hábitat natural, a restituir su condición humana y a elevarlo a la participación de la vida divina. Dios, en Jesucristo, sale al encuentro de su criatura humana. Pero no basta el Don de la Reconciliación: también es necesaria su acogida, la respuesta que se verifica en la conversión del hombre, en su decisión de volver a Dios, en el compromiso decidido por abandonar el mal para caminar a la luz del Señor.
El Señor Jesús dio comienzo a la predicación de la Buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque está cerca el Reino de los Cielos». Este Reino «brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo... Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra... Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).
Luego de este llamado a la conversión que el Señor hace a todos encontramos en el relato evangélico la narración de un llamado muy particular que el Pescador de hombres por excelencia dirige a algunos: «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres». A Simón, a Andrés, a Santiago y a Juan los invita a dejarlo todo y seguirlo de cerca, con la promesa de hacer de ellos pescadores de hombres.
La respuesta de aquellos cuatro hombres es impactante: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron... Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Responden al llamado con prontitud, con radicalidad, sin aferrarse ni a su trabajo, ni a sus proyectos personales, ni a los profundos y fuertes lazos familiares.
Queda manifiesto que desde el inicio de su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el Señor «a anunciar el Evangelio» (2ª. lectura). De esta manera la Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen gentium, 5).

“Entonces comenzó Jesús a predicar”

LA PALABRA DE DIOS
Is 9,1-14: “El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”
En otro tiempo el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban tierra de sombras, una luz les brilló. Hiciste grande la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín. Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del opresor que los hería.

Sal 26,1-4,13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.



1Cor 1,10-13.17: “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio”
Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y no haya divisiones entre ustedes. Vivan en armonía con un mismo pensar y sentir.
Hermanos, me he enterado por los de la familia de Cloe que hay discordias entre ustedes. Y por eso les hablo así, porque andan divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo», «yo soy de Apolo», «yo soy de Pedro», «yo soy de Cristo».
¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por uste­des? ¿Han sido bautizados en nombre de Apolo?
Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evan­gelio, y no con sabios discursos, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Mt 4,12-23: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino”
Al enterarse Jesús que habían encarcelado a Juan, se dirigió a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
— «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Caminando a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando la red, pues eran pescadores. Les dijo:
— «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca reparando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo.

Saludo Fraterno de Paz y Bien

domingo, 15 de enero de 2017

Evangelio del Domingo II Ordinario

                                          LA PALABRA DE DIOS

Is 49,5-6:
“Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación”
El Señor me dijo:
— «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me gloriaré».
Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel —tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza—:
— «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra».

Sal 39,2-10: 
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
Yo esperaba con ansia al Señor;
Él se inclinó y escuchó mi grito;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy».
Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad».
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.


1Cor 1,1-3:
 “Gracia y paz a ustedes de parte de Dios”
Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús y llamados a formar su pueblo santo, junto a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.
Gracia y paz a ustedes de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Jn 1,29-34:
“Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios”
En aquel tiempo, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó:
— «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: “Detrás de mí viene uno que es su­perior a mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que el pueblo de Israel lo conozca».
Y Juan dio testimonio diciendo:
— «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre Él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que Él es el Hijo de Dios».


En el Antiguo Testamento es frecuente designar al pueblo de Israel como “siervo de Dios” y a sus miembros como “siervos de Dios”. Israel ha sido liberado por Dios de la servidumbre y esclavitud y ha sido invitado a servirlo libremente: «si no os parece bien servir a Dios, elegid hoy a quién habéis de servir, o a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora» (Jos 24,15). De este modo increpa Josué a los israelitas una vez que entran finalmente en la tierra prometida, luego de haber sido liberados de la esclavitud de Egipto y marchar cuarenta años por el desierto. Hacerse siervo de Dios implicaba ser fiel a la Alianza sellada por Dios con Israel, ser fiel a la Ley dada por Dios a Moisés, aceptar libre y amorosamente su divino Plan.
El profeta Isaías (1ª. lectura) se reconoce a sí mismo como siervo de Dios. Ésa es su identidad más profunda, una realidad grabada por Dios en lo más profundo de su ser en el momento mismo de su concepción: «desde el vientre me formó siervo suyo». Identidad y vocación (del latín “vocare”, que se traduce como “llamado”) van de la mano. El haber sido hecho por Dios para ser su siervo implica un llamado por parte de Dios para cumplir una misión. El elegido es libre de aceptar o rechazar ese llamado, para bien de muchos o para perdición del pueblo. Ese llamado Isaías lo aceptó con docilidad y generosidad: «Percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra”? Dije: “Heme aquí: envíame”» (Is 6,8). De la aceptación y fiel cumplimiento de su misión depende la reconciliación del Israel con Dios. Más aún, de la fidelidad a su vocación —que no es otra cosa que la fidelidad a su propia y más profunda identidad— y a su misión depende también que la salvación de Dios «alcance hasta el último extremo de la tierra».
En este importante pasaje aparece clara una teología de la vocación: cada cual nace con una vocación, sellada por Dios en lo más profundo de su ser. Esta vocación, este “estar hecho por Dios para algo”, implica una misión y tarea que cumplir en el mundo. Su aceptación trae la realización humana al llamado y la salvación para todos lo que dependen de su fiel respuesta al Plan de Dios. En cambio, la rebeldía y rechazo de la propia vocación y misión dada por Dios traen al llamado un profundo desgarro interior, falta de paz, sufrimiento, así como un vacío que nadie podrá llenar en el mundo.
Además del llamado particular que Dios hace a cada uno, existe un llamado universal: todo ser humano es el llamado a ser santo (2ª. lectura). La santidad es realizar en sí mismo el amoroso proyecto divino que es cada cual. Dios crea al ser humano en vistas a su propia realización, que se da en la participación de su comunión divina de amor. Mas cada cual debe responder desde su libertad si acepta o no esta invitación de Dios, si confía en Él o prefiere confiar en ídolos vacíos, si lo sirve a Él y su amoroso Plan de Reconciliación o si prefiere servir a los ídolos del poder, del placer y del tener. Estos ídolos, aunque prometen la felicidad al ser humano, no hacen sino llevarlo al fracaso existencial, a la propia destrucción. La santidad es respuesta afirmativa a Dios y a su amor, es un “sí” dado por la criatura al Creador, pero también y ante todo es un don recibido por Cristo: quienes están llamados a ser santos han sido también «santificados en Cristo Jesús». Es a ese don al que cada cristiano deberá responder desde la propia libertad rectamente ejercida.
También el Señor Jesús tiene una vocación y misión que cumplir en el mundo. Él está llamado a realizar plenamente aquello que Dios revela a Isaías: «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra». Él, el Hijo del Padre, es el Siervo de Dios por excelencia que proclama con toda su vida y su ser: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad» (Salmo), para cumplir tu Plan, para llevar a cumplimiento tus amorosos designios reconciliadores.
Juan el Bautista da testimonio de Jesús y lo presenta ante el pueblo de Israel como Aquel que es el Cordero de Dios que ha venido a quitar el pecado del mundo. Juan revela de este modo Su identidad y misión. Al señalar al Señor Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo trae a la memoria aquel macho cabrío que luego de ser “cargado” con los pecados de Israel debía ser enviado a morir al desierto, expiando de ese modo los pecados del pueblo (ver Lev 16,21-22). También hace referencia a los corderos que eran continuamente ofrecidos como expiación por los pecados cometidos por los israelitas contra la Ley de Dios (ver Lev 4,27ss).
Por otro lado es interesante notar que la palabra hebrea usada para designar a un cordero puede significar también “siervo”. El Cordero de Dios es también el Siervo de Dios por excelencia, y justamente en la medida en que como Siervo responde a su vocación y cumple amorosamente con la misión confiada por su Padre llega a ser el Cordero que se inmola a sí mismo en el Altar de la Cruz para quitar el pecado del mundo, para reconciliar a la humanidad entera con Dios (ver 2Cor 5,19). De este modo la salvación de Dios alcanza «hasta el último extremo de la tierra», a los hombres y mujeres de todos los pueblos y tiempos.

Saludo Franciscano de Paz y Bien

domingo, 20 de noviembre de 2016

Navidad con Jesús

Estamos a poco más de un mes de celebrar la Navidad. En este marco la Iglesia de Montevideo llevará adelante la campaña Navidad con Jesús que intenta renovar el sentido cristiano de la celebración. El portal ICM se puso en contacto con el Vicario Pastoral de la Arquidiócesis de Montevideo, el Padre Daniel Kerber, para conocer las propuestas de la campaña.
Para el sacerdote la Navidad es “la fiesta cristiana más presente en nuestra cultura”, pero a su vez “está siendo vaciada de su verdadero contenido: Jesús que nace para nosotros”. Con la campaña Navidad con Jesús se busca“ colaborar a recristianizar de alguna manera” en las comunidades parroquiales y en las familias.

Las cinco propuestas para poner a Jesús en el Centro

El programa se desarrollará a través de cinco propuestas. La primera es la realización de una Novena de la Inmaculada Concepción con el rezo del Rosario de la Aurora en cuatro puntos diferentes de la ciudad: la Rambla de la Aduana de Oribe (encabezado por el Cardenal Daniel Sturla), en la Gruta de Lourdes en Avenida de las Instrucciones, en la Parroquia de la Medalla Milagrosa en la Unión y en el Santuario Nacional María Auxiliadora de Villa Colón, en Avenida Lezica.
Otra de las propuestas es la distribución y colocación de balconeras con la imagen de “Navidad con Jesús”. Se trata de un ícono de la Sagrada Familia en el Pesebre de Belén. El costo de las balconeras es de $ 200 y se puede acceder a ellas en las comunidades parroquiales, colegios y la librería Lea Según en Vicario Pastoral esto ayudará a que Jesús sea “públicamente visible como la figura central de la Navidad”, porque muchas veces son otras las imágenes asociadas a la fiesta. Se insta a colocar las balconeras el día 8 de diciembre (Solemnidad de la Inmaculada Concepción) y mantenerlas visibles hasta el 8 de enero de 2017 (Solemnidad del Bautismo del Señor) día de finalización del Tiempo de Navidad.
El Padre Daniel nos contó que la tercera propuesta es la entrega de un subsidio para rezar en familia, en la Cena de Nochebuena, que será entregado en las parroquias y los colegios de Montevideo. “La idea es que la familia tenga un espacio celebrativo concreto, de no más de 10 minutos, alrededor de la mesa de Navidad”, que se recuerde el verdadero motivo de la fiesta.
Como cuarta iniciativa se promoverá la bendición del “Niño Jesús” para colocar en los pesebres en las misas del sábado 17 y domingo 18 de diciembre. Es en definitiva “llevar a Jesús a casa y que ocupe un lugar relevante en nuestra vida” puntualizó el Padre Kerber.
La última de las propuesta es la promoción o realización de una obra de misericordia (desde visitas a casas de salud y hospitales, hasta reparto de canastas navideñas) por parte de cada comunidad parroquial, colegio o movimiento. El Vicario Pastoral recordó que “Dios nos dio su único Hijo” y que a ese acto de misericordia absoluta sólo se puede responder con misericordia.
 Fuente: Navidad con Jesús /Fuente: Arquidiócesis de Montevideo

La Santa Sede anuncia que el lunes se hará pública la carta apostólica Misericordia et Misera del papa Francisco




                                    Ante la clausura del Año Santo de la Misericordia

La Santa Sede anuncia que el lunes se hará pública la carta apostólica Misericordia et Misera del papa Francisco
El Vaticano informó hoy que el próximo lunes 21 de noviembre, en la Sala de Prensa de la Santa Sede, se presentará la carta apostólica Misericordia et Misera del papa Francisco.

(Aica) La publicación del documento pontificio coincide con la clausura del Año Santo de la Misericordia, que concluirá el domingo con el cierre de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro.
La Santa Sede precisó en el comunicado que en la presentación de la nueva carta apostólica participará el presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Mons. Rino Fisichella.

Fuente infocatolica.com

domingo, 9 de octubre de 2016

DOMINGO XXVIII ORDINARIO-09 de Octubre del 2016


“Postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias”

                                            LA PALABRA DE DIOS

                                Lectura de el Segundo Libro de Reyes 5,14-17: 
                        
                                      “Naamán quedó limpio y se volvió a Eliseo”

En aquellos días, Naamán, general del ejército del rey de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño.
Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo:
— «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta, te lo ruego, un regalo de tu servidor».
Eliseo contestó:
— «¡Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada!»
Y aunque Naamán insistió, Eliseo se negó a aceptar. Naamán dijo:
— «Entonces, permite que me den un poco de esta tierra que puedan cargar un par de mulas; porque en adelante tu servi­dor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor».
                                                     Salmo 97,1-4: 
                             
                                                 “El Señor revela a las naciones su salvación”

Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.
El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.
Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen.

                                        Segunda Carta de Timoteo 2,8-13: 
                 
                                      “Si sufrimos con Cristo, reinaremos con Él”

Querido hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido de la descendencia de David.
Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar ca­denas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está en­cadenada.
Por eso lo soporto todo por los elegidos, para que ellos tam­bién alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la glo­ria eterna.
Es doctrina segura: Si con Él morimos, viviremos con Él. Si somos constantes, reinaremos con Él. Si lo negamos, también Él nos negará. Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no pue­de negarse a sí mismo.

                           Evangelio de nuestro Señor según San Lucas 17,11-19: 

                                                   “Quedaron limpios los diez”

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuen­tro diez leprosos, que se detuvieron a cierta distancia y a gritos le decían:
— «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos les dijo:
— «Vayan y preséntense a los sacerdotes».
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo:
— «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo:
— «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

                                                                    Refleccion

En el pueblo judío toda enfermedad de la piel, incluida la lepra, era llamada castigo o “azote de Dios” (Núm 12,98; Dt 28,35) y era considerada como “impureza”. La lepra era entendida como un castigo recibido por el pecado cometido ya sea por el mismo leproso o por sus padres. Rechazado por Dios el leproso debía también ser rechazado por la comunidad. La Ley sentenciaba que todo leproso «llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: “¡Impuro, impuro!” Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada» (Lev 13,45-46).
En su marcha a Jerusalén el Señor se encuentra a diez leprosos en las afueras de un pueblo. Estos leprosos, al ver a Jesús, en vez de gritar el prescrito “impuro, impuro”, le suplican a grandes voces: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Sin duda, la fama del Señor ha llegado a sus oídos. Han escuchado hablar de Él, de sus milagros, de sus curaciones. Se dirigen a Él como “Maestro”, es decir, como a un hombre de Dios que guarda la Ley y la enseña, como un hombre justo, venido de Dios. Al verlo venir, brilla en estos diez leprosos la esperanza de poder también ellos encontrar la salud, de verse liberados de este “castigo divino”, de verse purificados de sus pecados y de ser nuevamente acogidos en la comunidad.
Como respuesta a su súplica el Señor les dice: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Los sacerdotes, que tenían la función de examinar las enfermedades de la piel y declarar “impuro” al leproso (ver Lev 13,9ss), también debían declararlo “puro” en caso de curarse y autorizar su reintegración a la comunidad.
Confiando en el Señor se pusieron en marcha. Esperaban ser curados y poder presentarse “limpios” ante los sacerdotes. En algún punto del camino «quedaron limpios», es decir, curados no sólo de la lepra sino también purificados de sus pecados. Uno de ellos, al verse curado, de inmediato «se volvió alabando a Dios a grandes gritos». Los otros nueve debieron presentarse ante los sacerdotes según la indicación del Señor Jesús y según lo establecía la Ley.
El que volvió para presentarse ante el Señor y no ante los sacerdotes era un “extranjero”, un samaritano. Podemos suponer que los nueve restantes eran judíos. A pesar del odio que dividía a judíos y samaritanos, la desgracia común los había unido. La solidaridad había brotado en medio del dolor compartido.
Podemos preguntarnos: ¿Por qué parece reprochar el Señor a los que no vuelven, si Él mismo les había mandado presentarse ante los sacerdotes? ¿No estaban obedeciéndole acaso? ¿No podrían sentirse obligados por las mismas instrucciones del Señor? ¿Por qué habrían de volver a Él para dar gloria a Dios?
Podemos ensayar una respuesta: en los Evangelios los milagros del Señor Jesús son siempre signos o manifestaciones de su origen divino. El milagro obrado por Cristo revela e invita a reconocer que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, Dios mismo que se ha hecho hombre para salvar a su pueblo de sus pecados (ver Mt 1,21). En un primer momento los diez leprosos ven a Jesús como un Maestro, como un hombre santo. Tienen fe en Él y por eso obedecen a su mandato, hacen lo que Él les dice. Mas al verse milagrosamente curados, sólo uno se deja inundar por la experiencia sobrenatural, se abre al signo que lo lleva a reconocer en el Señor al Salvador del mundo. El samaritano reconoce la divinidad de Cristo, y por eso regresa para darle gracias como Dios que es, y se presenta ante quien es el Sumo Sacerdote por excelencia. Sólo a este samaritano, que lleno de gratitud se postra ante Él en gesto de adoración, le dice el Señor: «tu fe te ha salvado». La fe en el Señor Jesús no sólo es causa de su curación física, sino también de una curación más profunda: la del perdón de sus pecados, la de la reconciliación con Dios. Aquel samaritano creyó que la salvación venía por el Señor Jesús (ver 2ª. lectura).
La ingratitud de los otros nueve consistiría en que, siendo judíos, miembros del pueblo elegido que esperaba al Mesías, a pesar de este signo no reconocen al Señor como aquel que les ha venido a traer no sólo la salud física, sino también la liberación del pecado y la muerte, la salvación y reconciliación con Dios.

 Les dejo un Franciscano saludo de Paz y Bien

martes, 4 de octubre de 2016

Fiesta de san Francisco 2016 Carta


San Francisco: hombre de la escucha, del encuentro y de la acogida

Queridos hermanos, ¡El Señor les dé la paz!
Al celebrar la fiesta de nuestro santo fundador, padre y hermano Francisco, nos sentimos nuevamente fascinados por su persona, su acción y su mensaje. San Francisco, con su radicalidad evangélica y su autenticidad humana, con su simpatía y cortesía fraternal con todas las demás realidades que lo rodeaban, fue promotor e inspirador de humanidad, de un vínculo profundo de amor y respeto con la Iglesia, la sociedad y la creación entera.


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